Wa-kelü


Iluatrción Maria Jose Daffunchio

Con los ojos oscuros  de rebeldía desafiabas a los poderes terrenales que se embadurnaban de  repulsiva omnipotencia hacia tus carnes.

Eras libres, bella naturaleza; eras furiosa mujercita defendiendo tus tierras de aquellos que pretendían engañarte; eras pícara cuando con las espigas del maíz hacías cosquillas al chiquillo que tanto te gustaba. Ahora esos suspiros  son un recuerdo, unos túneles desconectados entre sí llevando al abismo del terror que, en vez de desembarcar en la choza  desprolija  caíste lastimándote las rodillas en el altar de la capilla.

El alud inesperado se llevó la aldea, tus cacharros pintados, tu brazalete para casarte, tus ilusiones de….¿de adolescente?…acaso ¿las categorías caben en ti niña sin tiempo?  Y ahora unos pocos están encerrados en la casa del Señor, esclavizados de dogmas, de discursos obsoletos, de hipocresía.

El hombre que te azota te maldice,  su pecho de metal le da autoridad, su cuerpo es blanco como la leche pero sus intenciones son sombrías como los espíritus que te perseguirían por ser mujer rebelde a tus patriarcas.

Cada azote te repele, te hace sentir lo desdichada que hicieron de tu vida. Cada palabra de la boca de ese hombre es un improperio. Cada rayo de sol que se filtra a través de la estatua de una mujer te acalora el vientre que cuelga del banco de madera. La mujer llora también. Está triste. Tiene un velo sobre su pelo exquisito.

Quedas absorta en ella….ella que es delicada de piel. La mujer que baja la mirada ante el súper hombre, la que siente dolor, la que llora lágrimas como las tuyas, la que sufre, la que ve morir a su hijo.

Terminada la sesión correspondiente a la quita de tus tierras, tus bienes, tus adornos  y todo lo que te pertenecía, decidís caminar  y observar de cerca a la estatua que bañada de sol parece santa.    Cerquita te das cuenta que finge el dolor, no tiene azotes ni sangre. Le escupís la cara. Le hablás en tu lengua.

Entonces te tironean de los pelos. Te tiran al piso empedrado. Sin reparar  que tus compañeros estén mirando montan el espectáculo que a todas les esperaría por cualquier motivo de enojo.  Te abofetearon por irrespetuosa, te cortaron el rostro por profana y a punta de espadas te abrieron las piernas y te violaron… te destrozaron el alma, eso que ellos piensan que no tenías por impura, por negra desdentada, por andar con las tetas al aire, por sonreír constantemente, por tus rituales alrededor del fuego, por tus invocaciones a la felicidad.

Pero fue principalmente por envidia, por el sadismo de lastimar, por la estupidez de ser macho violento feroz que domina la situación. Porque vos, mujer sin tiempo eras libre y no les obedecía.

Y  aunque ellos ataron tus manos y se creían dueños y amos del y de tu mundo, no pudieron amordazar tus  labios morenos, esos labios que hoy nos dejaron tradiciones de lucha.

Micaela Alejandra

 

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