El escritor complaciente


Ilustración Maria Jose Daffunchio

Apuntes sobre la literatura actual y los escritores

(hablar de escritores no es, necesariamente, hablar de literatura)

Sor Juana Inés de la Cruz, deliciosa y combativa, tristemente se refiere a su barroco, enrarecido e imbrincado poema “Primero sueño” –tras las huellas de Góngora- como lo único que escribió por placer.

“Por suerte”, podríamos decir. Aquello que escribió por encargo, sin dudas, es mucho más hermoso, más directo, más sencillo y sintético –valores deseables en un poema- que los novecientos y tantos versos del épico camino de Faetón hacia el calor del conocimiento. Su propio camino.

La escritura por encargo ha dado grandes obras. Digamos, la mayor parte de la literatura pre-romanticismo fue escrita por encargo. El mecenazgo permitió la escritura en términos literarios. Con justa razón. Sin caer en casos donde se le otorgaba protección del Santo Oficio, por ejemplo, y no sólo dinero, encontramos a don William Shakespeare quien, también, escribía por encargo. La obligación hace al poeta. ¿Qué hubiera hecho el viejo Willie si no hubiera habido competencia para “The Rose”?. Se habría aburguesado y, efectivamente, hubiera creído que era lo que realmente fue: un genio inimitable.  La exigencia de saber que a unas cuadras otra compañía ponía, pongamos sin intención histórica, “Dr. Faust”, de Marlowe empujaba al gran Bardo a crear otra obra con carácter de urgente, sin miramientos de errores cronológicos o grandes acotaciones al segundo texto. Él estaría allí, actuando, colaborando, participando en la puesta en escena, por lo cual, no era necesario aclarar demasiado. La premura para ganar dinero, modestos dineros, era más importante que la simple posteridad.

Será el s. XIX, con su carga de individualismo narcisista, de egoísmo pueril, el que provocará lo que hoy conocemos como “escritor”. El escritor como artista. Como creador ajeno a la realidad. Antes de estos escritores bohemios, geniales borrachos apesadumbrados por la realidad, el escritor era un artista “útil”. A partir del romanticismo, el escritor metamorfoseó en aquello que, luego y hasta nuestros días, entendemos como poeta. Escoria social, inútil, improducto y medio trolo. Es conocida la anécdota de Lobo-Antúnez quien cuenta que su abuelo, al enterarse que escribía poesía, le dijo “bueno, trate de dejarlo que es cosa de maricones”. El “maricón” como el distinto, el que promueve otras sensaciones que el hombre posmodernista no puede permitirse. Así, más una absurda reiteración de monerías vanguardistas, hicieron del poeta verdadero una especie en extinción, reducida a la mínima expresión de “escribidor de banalidades”. El triunfo contemporáneo de la novela sobre cuentos y poemas implica el triunfo de la burguesía más rancia y pacata sobre la creación artística que exige la reflexión y el tiempo. La novela es una dulce prostituta que da todo, no se guarda nada, sabe cómo satisfacer y dejar extasiado a su cliente –o al menos puede hacerlo y lo hace para ser best seller-; el cuento es una de esas minas de barrio, algo reticente, más exigente, quizás juguetón pero con el que hay que ser más cuidadoso, al cuento hay que pensarlo si está bien escrito y la poesía es una monja de clausura para el entendimiento. Y en un mundo prostituído, donde si no es fácil no sirve, la pobrecita sor Poema va perdiendo como en la guerra.

Pero en los últimos años, el escritor se ha adaptado a estas necesidades. No hablamos aquí de los artistas puros y ya consagrados –que también hacen de las suyas, pero se me ocurre un Umberto Eco, un Thomas Pynchon, no un Mario Vargas Llosa-.  Hablamos de aquellos escritores que sobreviven como publicistas –ya de productos, ya de políticos-, docentes o periodistas, entre otras cosas. Del escritor de segunda o tercera línea. Ése sí se ha adaptado. El mundo quiere poetas putos, le daremos poetas putos; quiere poetas raros, tendrá poetas raros. No quiere poetas, pues escribiremos para otros poetas. La literatura se transformó en un arte absolutamente autorreferencial. Historias de escritores que escribe sobre sus propias obras para otros escritores. Algo absolutamente careciente de importancia y relevancia. Fugaces intentos de seducción de una editorial, muchas veces, para caer en el onanismo del escritor: ver su nombre en las librerías. Pajero intelectual, tramposo trepador en la escalera de la pseudo-intelectualidad.

Una intelectualidad que abandonando las ideas sartreanas se transformó en el mono de un show donde los inteligentes hacen payasadas y los idiotas son serios. El escritor de hoy, joven y provocador, es un mono bailarín para los medios, donde el león de la inteligencia es el cronista de noticieros del mediodía. Pero es culpa del escritor por su propio egocentrismo, por su narcisismo. El escritor carece absolutamente de humildad, de generosidad. No existe ya el grupo que llamamos “Generación literaria”, donde la fraternidad de la lucha no reconocía a los lamebotas. El nuevo escritor es el escritor servil. El talento es un valor muy poco valorado, siempre y cuando el editor-vendedor-publicista, pueda apoyar su culo sobre el que escribe. Quien, bajo las posaderas del mercado, sonríe satisfecho, pluma en mano, escribiendo lo que vende. El editor es un empresario, no es el viejo mecenas. Si no vende, no sirve, no se publica. Y el escritor entrega su cuerpo y alma para conseguir estar pegado en los afiches de Buenos Aires. Y, si lo hace bien, hasta lograr algún puesto como funcionario de gobierno –una de las metas deseadas del escritor es ser Secretario de Cultura, aunque sea de un municipio en el Chaco-

El escritor hoy suele ser más provocativo que activo. Es decir, tiene la lengua muy floja pero una pluma muy poco creativa. Escribe como quien habla de sus compras en el mercado, creyendo que eso es vanguardia. Nombra a sus amigos, creyéndose Discépolo. Cuenta su fallida historia de amor, en términos absurdamente realistas y aburridos, donde “ella” siempre termina dejándolo por alguien que sepa cojer (cuando decimos realismo, es realismo-real, casi documental). Y cierto sector de clase, así como compran cuadros horribles, consumen esta literatura pelotuda que es sólo un retrato de la vida de un mediocre tipo que cree que ser escritor es escribir su vida. Jamás tendremos otro Kafka, otro Joyce. El escritor actual, con uno o dos libros autopublicados y medianamente bien vendidos, ya cree que es el pilar de la cultura mundial y supone tener derecho sobre la opinión de los demás seres mortales, puesto que él le juega a los dados a Dios. Y una sociedad pacata, ciertamente idiotizada y algo inculta, se arrastra a los pies de cualquiera que, a veces, hilvane prolijamente un sustantivo con su adjetivo correcto. Así, se nos hace creer que cualquiera que publica, que escribe en un diario o trabaja en una editorial es un gran escritor. A eso le sumamos que el advenimiento de las nuevas tecnologías hace que escribir y que otros lean las pavadas que uno escribe, sea lo más normal del mundo, como si todos tuviéramos cosas importantes o bellas que decir. Así, hasta el más imbécil de los nadies, podría crear algo que llamaríamos literatura, de acuerdo a la cantidad de seguidores en Twitter y Facebook. De esos autores cuyo nombre retumba muchísimo en el mundillo libresco pero de quienes se desconoce la obra completamente. Esos autores que salen en el diario del domingo que se supone que eso que hacen es una obra. Y, lo que es peor, que su opinión es importante. Son serpientes que se devoran su propia cola. Manipulan una información de segunda mano para hacer un personaje popular, pseudo-negritos que cruzan la General Paz como quien hace una excursión a los indios ranqueles para pagar el Fernet y después volver a su abrigadito departamento de Once o Caballito. Son los José Hernández de hoy, pero sin el talento del estanciero. Ésos que después terminan vendiendo su marginalidad a los poderosos que tanto odiaban para poder firmar autógrafos en la Feria del Libro. La misma Feria del Libro a la que escupían desde el estacionamiento mientras meaban el auto de Aguinis.

Pero el problema no es pertenecer al sistema. El problema es armar un personaje pedorro que reniega de lo que, en realidad, pretende. El problema, creo yo que quiero ser rico gracias a la literatura –la ausencia de talento ya la tengo-, la negación de sus aspiraciones y la falta de respeto. Si querés vivir de escribir, aceptá tu servilismo. La escritura también es una profesión y no podemos pretender libertad cuando estamos trabajando. El trabajo no es libertad. Ya no existen los autores (o quizás, sean pocos) que viven libremente de su obra, sin ataduras del mercado. Las posturas venden, los escritores ya no crean personajes literarios, ellos mismos lo son. Son actores de su propia obra. Quizás mi visión sea un poco conservadora y, en realidad, estemos viviendo una etapa de superación del arte literario, donde fusionamos la creación literaria con la actuación. No lo sé. Pero me gustan las obras literarias que no aburran, que cuenten historias o que griten sus sentimientos, que manejen el ritmo, la metáfora y la imagen, la intriga, la trama y el punto de vista. Quizás me guste la literatura más que los escritores. Quizás sea eso. O quizás, una confusión, puro ruido y furia, nomás.

Lucas G.López Martín

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6 Respuestas a “El escritor complaciente

  1. Memo: tengo que corregir lo que escribo… tengo que corregir lo que escribo… tengo que corregir lo que escribo…

    Gracias, M.Jó.

  2. Lucas, excelente tu reflexión. No sé si entendí bien lo que dices respecto de la poesía,, lo que yo interpreté es que está banalizada, que se ha convertido en una utlidad y objeto de condumo para las cursis colegiales y edulcoradas viejas que iran las novelas todas las tardes. Me gustaria que me respondas a ver que opinas, Saludos.

  3. Perdón por ser pesado, pero también es indignante últimamente, que haya tantos imbéciles diciendo que escribir poesía es facil.

  4. Gracias por el comentario y el elogio. En realidad, a lo que pretende referirse el texto no es al género en sí, sino a sus creadores. Digo, los autores, actualmente -y en términos generales, claro-, son meros empleados de las editoriales, de algún modo. Y, como la poesía no vende, se escriben noveleas. Siendo la poesía un género puramente marginal y desclasado. Esta marginación y la malainterpretación que suele hacerse las vanguardias literarias provocan que efectivamente parezca fácil escribir poesía, dado que lo que en el mercado se entiendo como poesía es, simplemente, una porquería sin valor.

    Seguí disfrutando del blog de María José que es una artista magnífica. Abrazos, hasta la próxima.

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