Las sombras de Sábato


Improvisación sobre Sabato.

 30 de abril de 2011.

No soy un estudioso de la obra ni de la biografía de Sabato. Soy un lector aficionado de sus textos, especialmente de sus novelas.

Atravesé mi juventud en el barrio de Caseros, justo al lado de Santos Lugares, el barrio que fue Sabato. Conocía su casa, a él mismo lo vi algunas veces, como quien ve a un tigre viejo que está oculto en un patio. Mis primeros acercamientos sugerentes al monstruo los hice entre túneles y héroes y tumbas y exterminadores. Después vendrían los ensayos y hasta uno de sus libros de física, del cual atesoro un ejemplar. Sabato era “Nunca más” y revistaLa Maga, ese mundo progresista pro-setentoso, medio hippie, muy serrateano. La cultura más agradable era más o menos eso. Lo que nos gustaba, en aquella época, no era cultura. Ahora, quizás, sí.

En la eterna polémica de Sabato vs. Borges, me quedaba con ambos. No había forma de enfrentarlos, me parecía. Ahora sí, me parece.

Sabato es reconocido por toda la clase media como el hombre más izquierdista que puede tolerar. Por eso, en estas horas, nos encontramos que su figura toma una relevancia trascendental. “Hay que releer el prólogo al Nunca Más”, dice un cronista que le hizo una entrevista y cree que por eso forma parte del círculo íntimo del hombre. El prólogo ése es lo peor que le pudo pasar a Sabato. Fue el padre de la teoría de los dos demonios, oficializada. Algunos lo acusan de traidor. Otros, de pacificador. La tibieza es el peor adjetivo que un intelectual que se precie de compromiso puede recibir.

Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. (…) Se nos ha acusado, en fin, de denunciar sólo una parte de los hechos sangrientos que sufrió nuestra nación en los últimos tiempos, silenciando los que cometió el terrorismo que precedió a marzo de 1976, y hasta, de alguna manera, hacer de ellos una tortuosa exaltación. Por el contrario, nuestra Comisión ha repudiado siempre aquel terror, y lo repetimos una vez más en estas mismas páginas. Nuestra misión no era la de investigar sus crimenes sino estrictamente la suerte corrida por los desaparecidos, cualesquiera que fueran, proviniesen de uno o de otro lado de la violencia. Los familiares de las víctimas del terrorismo anterior no lo hicieron, seguramente, porque ese terror produjo muertes, no desaparecidos. Por lo demás el pueblo argentino ha podido escuchar y ver cantidad de programas televisivos, y leer infinidad de artículos en diarios y revistas, además de un libro entero publicado por el gobierno militar, que enumeraron, describieron y condenaron minuciosamente los hechos de aquel terrorismo.

Buscaban, como en España, echar un manto de piedad. Pero, fieles al estilo nacional, hicieron una gambeta de más. Porque investigar los muertos y desaparecidos del gobierno militar debía ser tomar partido. Ellos trataron de no hacerlo. La investigación fue notable, sin dudas. Pero el espíritu de una tibieza que congela. No es de extrañar que haya sido don Ricardo Alfonsín quien planeó la investigación, al tiempo que dictaban las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, apenas uno o dos años después de los primeros juicios a algunos represores. O Magdalena Ruiz Guiñazú, la voz que representa a la clase media más aburguesada de la nación. Sabato es el intelectual de esa clase.

El representante de cierta falta de compromiso, el intelectual anti-sartriano, digamos. Buscando, siempre, el término medio, el cuidadoso decir sin decir, el temeroso haber sido y cierto dolor de ya no ser. El que hecha la culpa para fuera. El que no honra a los valientes, por miedo a ofender o equivocarse. Dice un personaje en “Sobre héroes…”, refiriéndose a Severino di Giovanni, que cuando lo detuvieron usaba camisa de seda. Dice Bayer, que sí, que es cierto pero que, en realidad, las usaban porque habían expropiado un camión que tenía camisas de seda, y las usaban varios anarquistas porque no había otra. Pero el tono de Sabato es burlesco, menospreciador. Esa forma de cierta gente de argumentar “ad personam”, vulgarmente. Creer que la lucha de un hombre se desmerece por la ropa que viste es de una pobreza intelectual que da un poco de vergüenza.

Sin embargo, pocos podremos olvidar al pintor atormentado, Juan Pablo Castel, ese engendro de Kafka y Dostoievsky, loco y comprensible. Sus interminable elucubraciones por esa tremenda obsesión por la dulce María. Allende gritándole su idiotez. Una magnífica novela psicológica. Atormentadora experiencia literaria para adolescentes de quince o dieciséis años que apenas vislumbran las obsesiones y los amores. Una obra algo inocua, pero efectiva.

Las mujeres de Sabato, en este caso, María, son fuertes y misteriosas, con mucho más coraje que los hombres para afrontar sus pasiones y sentimientos, con más inteligencia para saber callar. María es hermosa y es imperturbable. Pero es buena. Como Alejandra. Formó, quizás, Sabato los modelos de mujeres de las que muchos de nosotros nos hemos enamorado. Inaccesibles, dulces, buenas, duras, atormentadoras, obsesivas y obsesionantes, crueles, silenciosas, hermosas. Quizás, ha dibujado una pintura de mujer inolvidable y de lo más realista, como una Dulcinea triste.

Alejandra, manifestación quijotesca de lo que alguna vez fue una clase patricia, último y triste resquicio de belleza en ese mar de locura y vileza que son los Olmos en la vieja casona de Barracas, anclados en un tiempo pre-peste. Últimas imágenes de lo que fue la aristocracia argentina. Alejandra y Fernando y Bruno y Martín. Y todos. Y Alejandra, siempre chupando su cigarrillo y diciendo a Martín en uno de esos bares porteños entre sus idas y vueltas, frases del calibre “¡qué descanso odiarse!” o, a Vania, “el triunfo, tiene siempre algo de vulgar y de horrible”. El incesto, la muerte, la locura, los sueños cruzados, los monstruos del pasado, la destrucción. La destrucción. Una trilogía de destrucción. Osucra y brutal, agobiante, sucia. Dostoyevskiana. Así es la literatura de Sabato. “Abaddón…” es la conclusión, el Apocalipsis frenético de todo ese camino por los suburbios y submundos dela Argentinaen treinta años. Treinta tremendos años de formación de la historia. Compleja y sucia, anticlerical y paranoica, es la exacerbación del “Informe sobre ciegos”. En Abaddón, los personajes se mueven bajo la hipótesis esencial de que el mundo es gobernado por Satanás, a través dela Sectade los ciegos. Fundamental obra para entender a Sabato, Abaddón es quizás el texto menos leído del autor.  O el peor leído. De una complejidad notable, fragmentaria, apocalíptica, carece de la belleza y el cuidado de sus otras novelas pero crece en intensidad, dándole un cierre perfecto a la trilogía. Y a la literatura, como ficción, de Sabato.

Ahora, ¿cuánto sabemos de Sabato?. El hombre del suburbio, oculto bajo una selva impenetrable en una callecita oscura de un barrio intrascendente perdido ni lejos ni cerca de nada. El científico comunista que trabajaba en el Marie Curie. El renegado de la ciencia y el comunismo. El enemigo de Borges. El amigo de Borges. El prohombre de la libertad. El hombre que cree que “el general  Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto,  modesto e inteligente. Me impresiono la amplitud de criterio y la cultura  del presidente”. El sesudo analista o el alocado narrador. El oscuro pintor.  El adalid oficial que instituye como política ética la teoría de los dos demonios, esa atroz curita del pasado.

Sin dudas, un hombre complejo. Un artista de escasa producción pero con herramientas admirables. Un hombre contradictorio.

Lo peor de Sabato, creo, no fue Sabato. Sino los malos exégetas de Sabato que, como sus Elizabet Nietzche, intentaron modificar la obra, trastocándola en su pensamiento. Sabato no debe valorarse por su pensamiento. Como no debe hacerse con Céline o con Paz o con Lugones o con Pound o con Baudelaire. Si leyéramos a los hombres por su idea política, nos perderíamos a unos cuantos enormes autores y la literatura sería pobre, mucho más pobre que la actual. Pero vivimos una época donde los autores son más importantes por lo que opinan que por lo que escriben. Los nuevos, los viejos, los vivos, los muertos, los consagrados, los malos y los buenos. Poco sabemos de su obra. Una época de gran onanismo cultural, que fomenta que nos importe más Sabato persona que autor. Esperemos que, ahora que se murió, se vuelva a leer a Sabato. Libre de pasados atroces y que nublen nuestros ojos que no nos dejen ver toda la hermosa oscuridad de Alejandra y esas tormentas ciclónicas que habitaban la cabeza de Ernesto Sabato.

Lucas López Martín

ilustración Maria Jose Daffunchio

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