“Pilar”…


"Pilar", de María José Daffunchio

En serio, la ciudad es una caja. No sé si un cajón, un ataúd. Pero sí es una caja. Miramos para abajo y para adentro, para adentro y vemos edificios. No hay afuera. La ciudad nunca se acaba. Y, sin embargo, el horizonte, el límite último está ahí nomás, en la vereda de enfrente. La ciudad es una mierda. Por eso, todos están tan locos. Tan paranoicos y dopados. Tan criminales, tan zarpados. Corrupción en tu casa, en tu vida, en vos mismo, trampa, deslealtad, vacíos que no podés procesar… necesidades que querés cubrir ¿quién te dijo que tenés que satisfacer todos tus deseos? ¿Quién sos, vos que te arrogás ese derecho? Drogas, televisión, sexo, muerte, son salidas de la mierda, no soluciones, pero salidas. ¡Qué vida inmunda! El pibe que bolsea poxi y se muere, inevitablemente, no quiere, no sabe otra forma para zafar del frío, del hambre, de la injusticia. Una vida inhalada. El chabón que respira merca, es un inútil, un lisiado intelectual y sentimental que no puede, no sabe otra forma de zafar de su patetismo y sus ambiciones. El flaco que huele un popper resiste su vida de mierda rodeada de dinero y de una futura gerencia en la empresa de papá. El tipo que se encama por ahí, no quiere, no sabe otra forma de zafar de su idiotez, de su imbecilidad, mientras piensa en los hijos y sigue de juerga. Todo fue una broma y todo terminó. Se acabó. Kaput. Después, me empastillo, pido perdón de rodillas y ya fue. Dios me perdona y, por lo tanto, la sociedad también. Todo bien. Habrá tiempo de llorar, de lamentarme y excusarme en mis salvajes instintos, en mis necesidades insatisfechas, en mí, en mí mismo, en mi efímero ápice del tiempo, no importa el dolor que venga, la culpa que nace o la tristeza que todo lo inunda. Todo bien. La caja se cierra cada vez más. Chicos ricos, entregados a la muerte, al descontrol, al desenfreno del idiota. Santos lujuriosos de nuestro tiempo, adorados todopoderosos que conducen a los insatisfechos por patéticos caminos de necedad. Y un dolor. Un dolor enorme de este tóxico invento humano que es el individuo. ¡¿Qué mierda de ballenas y de pingüinos?! Si sólo sirven para que los padres de los nenes ricos pasen sus vacaciones mirándolos. Dejemos el devenir, lets the river flow. Nadie se baña dos veces en el mismo río. ¿Qué hiciste hoy para trascender? ¿A quién beneficiaste? ¿A quién estafaste? Y te hundiste. Y caés y caés y caés. Y un loco tiene las llaves del saber y no deja que pases. ¿Quién le confió ese poder? ¿Quién no se lo quita? Como el guardián de Kafka, habría que matarlo. Pero todos, más o menos, somos rinocerontes. Morir. Lo que queda es nuestra vida, en el mejor de los casos. Pero con alegría, cagando algún yogurth, algo de leche cuajada, para sentirnos mejor. Cagando a alguna gente, para sentirnos bien nosotros. Yo, nosotros, mi, a mí, mío, yo. Sin fumar, sin comer, gastando el dinero en máquinas que no podemos usar porque estamos buscando el dinero para vivirlo gastando en máquinas que… ¡Basta! Me voy. Voy a buscar algo que me precipite y mientras dure me la paso de reyes y reinas. Carajo. De reina. Mierda de Barbie. Me importan tanto los otros que me mato por ellos. Para ellos. Y ellos… mierda. Me voy. Estoy mal. Esta puta de madre que ni conozco. Este mierda de padre que ni me sabe ser vivo. Estas putas de amigas. Quiero una vida tranquila, un hombre, hijitos y morirme rodeada de nietos con mi marido peinándome las trenzas grises. Esta vida de mierda que me tocó vivir. Y aquel pibito (pensaba Pilar, mientras cruzaba un parque) se clava una pepa. El otro le ofrece más, por treinta y cinco pesos. ¡Treinta y cinco!. No treinta, no cuarenta… Y aquellos se llenan los pulmones de tolueno –¿sentirán algo los señores empresarios del tolueno?-, aquellos que justifican su ardiente maconha en un pseudo-arte. Los otros su ardiente deseo, tirando por la borda una vida. ¿Qué mierda hacen? Él roba, yo robo, tú robas –pero él primero-. ¿Y? (Pilar tiembla Joaquín fue la gota que desequilibró su eje. Sus manitos transpiran). ¿Por qué? ¿Por qué no puedo evitarte y evitándote te busco? ¿Por qué el ahogo? (el pecho se le cerraba, como si una bolsa de cemento se le hubiera metido en una línea). Pero siempre hay algo. Aquellos dos oficinistas grises que honran, sin saberlo, en este momento, al Amor. Acaso ellos negaran todo. Acaso, ellos estuvieran casados. Acaso él dijera: “¡ya no va más!, ¿no entendés?” o “¡casémonos!”. Y ella: “¡no!, ¿cómo, por qué?” o “sí, amor mío”. Y se amen y se ilusionen y ella tenga celos por su hijita y él por su hijito, inconcientes ejemplos de un manual de psicología del secundario. Y quizás se arruinen las vidas o acaso sean felices pacíficamente. Y hoy se amen. Y sus hijitos estén en un proto-óvulo, en su cuerpo, pululando por salir, inconciente de que se encuentran dentro de un monstruo. (Pilar lloraba, despacito, de a una lágrima). Y esa hija de puta que quizás no pueda tener hijos por alguna degeneración genética y le arruina la vida a su no-hija que podría estar por ahí, en la calle o en el monte si alguien la hubiera querido. O no, (Pilar no lloraba, pero prendía un cigarrillo que chupaba alienada), la hija de puta se besa con el pelotudo. Pero no. Estos van a ser hermosos. No pueden ser así. Estos van a tener hijos, tres o cuatro, y van a ser oscuros oficinistas o bancarios o empleados de comercio hasta que se mueran, rodeados de nietitos saltarines e hijos preocupados que les acaricien el cabello y los escuchen con amor y los lleven a pasear los domingos en auto por el Tigre o a comer un asado o los cuiden en su lecho de muerte y él le peine las trenzas largas y viejas a ella. O no. Éstos van a separarse, él cansado de pajas y ella hastiada de fracasos y odien a sus hijos que nos les permitieron hacer horas extras en el banco o cojerse a sus compañeros del secundario (Pilar pensó “su” banco, pero le salió “el” banco) y a sus respectivos esposos a los que un cariño calcificado hace que no maten o abandonen para irse por ahí con cualquiera que les dé un poco de sexo animal, duro y pervertido. (Pilar lloraba, pero ahora por el humo de su cigarrillo, sus chispeantes ojos negros, chiquitos, pegados a la nariz, lagrimeaban) y se fueron, pedazos de imbéciles, hermosos amantes, porque no se animan a escaparse, porque no se animan a amarse (se agarra el puente de la nariz, con el pulgar y el mayor de su mano izquierda, con el índice doblado sostiene el cigarrillo que ya casi el quema la piel). Ahora sí, apareció. Mirálos, el jefe y la empleada. Hijos de puta. No sirven para nada (los trajes pasaban frente a ella y las nubes flotaban empujadas por el viento). Y así. ¿O serán padre e hija, que salieron a almorzar porque trabajan en el mismo banco y él le enseñará su trabajo y ella lo escuchará admirada, pensando en que se quiere casar con alguien como su padre -el boludo de su padre, aunque ella no lo sabe-? (Pilar miró su celular y lo dio vuelta). Todos se pueden ir al recontracarajo. Esos autos, cascos inmundos latas brillantes cuyos habitantes son manejados (su pensamiento fluía, con la vista perdida y su atención clavada en el celular, casi primitivo, protogenético, como si ella no se diera cuenta de que el pensamiento era sólo la manifestación de todo el ser humano, de los muertos, oídos con los ojos. De los no-nacidos.) su vida es tan frágil, tan olvidable, como un burro con un nabo atado a un palo sobre el lomo. Y la hija de puta, la muy hija de puta, (Pilar lloraba con los ojos clavados en el piso) sigue olvidándome, siempre viendo su culo, con el pensamiento clavado en sus tetas, en ella y sólo en ella… siempre gozando de sus pobres triunfos inútiles y pasajeros. No conozco su historia. Mis abuelos, no sé quiénes son, quiénes fueron, ¿cómo la habrán criado? Pero si le pregunto me va a decir “qué aburrida, nena, siempre con cosas aburridas, vos”. (Mira el celular y llora), no le “agradará”, como le gusta decir a la muy imbécil que nunca terminó un libro. ¿De dónde salí? ¿Será mi sangre su sangre? ¿Por qué la quiero si la odio tanto? Aunque no es a ella, sino a la madre que quiero. Vómito… eso me da. Repulsión, incontrolable y ácida. Ríe y el mundo, el putísimo mundo, reirá contigo. ¡Ay, chino! Lejoscerca, lindofeo. Ambigüedades. Antigüedades. ¿Wang-chi? ¿Era así? El olvido del recuerdo… No, el recuerdo del olvido. Wang-chi. ¿De dónde saqué eso? ¡Cómo quisiera olvidarlo! ¡Cómo quisiera olvidar todo! Irme lejos, al olvido, al barro, como si alguna vez no hubiera estado ahí. ¡Hija de puta! Me ignoró siempre. Odio que se haga la madre preocupada para el ojo del otro. Me enojan los imbéciles que le creen. Cuando me saluda por la tele. ¡Hija de puta! (Las lágrimas le dibujaban un surquito en la piel suave como con pelusita de durazno, y esos ojos negros como soles con chispitas luminosas). Siniestra. ¿De dónde nací? ¿Cómo brota esta angustia? ¿Quién es? ¿Quién o qué me la sacará? Porque acá está y trato de escupirla. (Mira a un perro que mea a su lado, su dueño gay habla por celular, el celular de Pilar está boca abajo, abierta su tapa, contra el banco). Pero acá está, porque ella allá está. Es mi madre y no puedo evitarla. Ana, tan dulce. Tan poca cosa. Pero tan dulce. Para ellos es nada. Pero tan dulce. Y ella está tan alto, tan arriba que no le importa. Parada en la montaña nietzcheana, gritándoles en silencio, hundiendo su mirada en los cráneos de cuencas vacías, sabiéndose mucho más, que ellos son más que “Ellos”, que Deame y los suyos. ¡Ay, Ana! (Pilar cierra los ojos y mira al sol, su mano se levanta violenta y amenazadora). Tiene el silencio de la tierra que se sabe poderosa, pero que tiene tiempo. Recuerda y cierra los ojos. Así decía -usando ostentosamente, estúpidamente, el tuteo-, el analista de moda como hipnotizándome cuando iba, a los seis, al grurú del psicoanálisis del momento. “Recuerda, niña, y cierra los ojos”. Y así, en silencio, adormecidos, podía estar horas. “Mierda”, dije una o dos veces, luego del trance. El hombre anotaba y me daba un chupetín. Yo pensé que me lo daba por decir “mierda”, entonces, siempre, en todas las sesiones, en algún momento, cerraba los ojos y tristemente, a veces, otras, a los gritos, decía un estrepitoso “mierda”. Y me aseguraba un chupetín. Así, durante unos tres años. Ahora quiero hacer lo mismo. Y no hay más chupetín. ¡Mierda!. O en la escuela, la psico-pedaboba nazi-fascistoide que pensó que tenía la mente enferma y que había que medicarme. Lindo rivotril, buenos recuerdos. Doce añitos, un cuartito por día; medio, un tiempo después. Y así. Todo el día volando. Ese año fuimos a México, ¿te acordás?. (Pilar había cerrado los ojos, y no sabía si hablaba sola o con alguien o alguien le hablaba). Lindo, México. Algún día voy a ir a Tijuana. Como la canción. No me gustó México, ese lindo México. No me gusta más. Tequila, sexo y marihuana. Droga mala y a vivir sin mañana. Sucia, envuelta en mierda de las alcantarillas públicas, picándome todo el día heroína con jeringas del Estado y haciéndome cojer por quien se me cruce; al tiempo, cruzar el muro y morir acribillada por balas yanquis, disparadas por cipayos sudacas. El sueño de todo latino de la tele: morir por la libertad que hay detrás del muro. Tan picada, tan marcados los tubitos del brazo que todo sea lo mismo. Un sueño, una bala, mi muerte, la suya. Ella diría: “¡podemos ir a disniguorl!”, eso diría. “¿Cancún?”, “no, Tijuana, la concha de tu hermana”, “¿En México?, ¡Cancún!”; “no, Deame, Tijuana –tequila, sexo y marijuana-“ “¿Montana?” “No. México, subnormal” “¡México! ¡Cancún!” “¡No!, ¡Tijuana!” “Ah, no conozco” “Tijuana, ma, vamos a morir a Tijuana violadas por faquins adictos… ¡dale, mamá, llevame!” “¿Cómo no te voy a llevar a Disni, hijita?”. Fuck you, hija de puta. (Pilar, tan linda, llora y baja el brazo con fuerza, con violencia contenida. El celular estalla y ella se lastima. La sangre empieza a brotar, primero lentamente, luego con fuerza, abundantemente). ¡Tomá!, ¡Tijuana!… ¡Al Chaco! A un cabaré de ruta del Chaco profundo, en medio del monte. A hacerme cojer sucio y violento como a un animal, por hombres borrachos de alcohol malo y soledad, de violencia del quebrachal, hacheros y camioneros, desheredados de dios y otros seres celestiales. Eso quiero, olor rancio de hombre transpirados como brutos salvajes por una ardua jornada laboral, brazos fuertes y alcohol recio. Una mano pesada. Ése es mi norte, mi ambición. Y, después, Tijuana y si Deamela cae, me la llevo y la hundo en el pozo de la maconha y la heroína. O, peor -¡mejor!-, me voy a dedicar al cartoneo, en su propia casa, en su propia cara. Me voy a vivir a cualquier barrio del segundo cordón, a hundirme bien el barro de mierda y orín y después le voy a pedir ropa y comida con mis siete hijitos colgando y moqueando. Hundirme a ver cuántos brazos se tiran a atajarme. Y aquellos siguen ahí, boludos y vacíos. ¡Qué lindos, cómo se besan! (una sonrisa, dulce y franca, se le dibuja en la boca hermosa) ¡Qué boludos! Ella le dice que no, que no quiere que no puede que tiene que volver. Él se hace el loco, vámonos a coger y que se jodan todos. “¡A la mierda!”. Si me decís que sí ahora, te voy a tributar amor, dinero y odio por el resto de mis días. Los hombres nos enamoramos una noche y para siempre; las mujeres nunca se enamoran, esperando la noche. Eso dicen por ahí, claro. Pero él: si me decís que sí, nunca te voy a amar, pero nos vamos a casar. No lo dicen, claro, no lo sabe siquiera. Como corresponde. Como hicieron mis padres y los tuyos. Y es esa mi mejor excusa para ponerme gordo y volverme un imbécil que viste muy bien y habla de boludeces y tiene miedo y que no quiere a nadie y que no deja nada por nadie. Y te cornea. Y piensa en darle revancha a su amiguita del secundario o a su prima. Y es su excusa para acrecentar más su pelotudez. Y vos que querés un buen chongo que te revuelque en la cama y no te das cuenta de que el boludo de tu marido quiere lo mismo y si cruzaran la info de la database podrían ser un poquito menos imbéciles e insatisfechos. No quiero cojerme a cuarenta y siete mil tipos. Quiero abrazarme a uno. Y éstos (Pilar “escuchaba”, en silencio, con los ojos alzados al cielo): y nos casaremos y vos te podrás quedar en casa pariendo cría y yo saldré para volver más patético y más trabajador -porque tenemos que comprar la casa con parque y perro y un auto que demuestre el enorme tamaño fantasma de mi poronga-, bah, más cumplidor, más cagador, más títere de mi jefe, la cosa es que estaré mucho más tiempo en la oficina, o fuera de casa, al menos, así, amor mío, no te veo a vos ni a esos seres que decís son mis hijos. Y serás, mi vida, por fin, “la madre de mis hijos”. Podrás, en diez años, ir al gimnasio a tratar de mejorar lo que nunca lograrás mejorar, cuestionándote tanto dolor. Llorarás por no ser lo que quisiste ser y siempre angustiándote por la pérdida de lo que no elegiste. Una madre, una esposa, una angustia del fracaso… lo que toda mujer debe ser. Y nada más. No puede ser feliz. No puede ir a cagar bien. Si no no tendría tema de conversación. No sería como las mamás de la propaganda de yogurth. Dejarás de trabajar y te enamorarás del profesor de gym, un grandote de gas, justo como y para vos, con un pene que te atormenta, que te atraganta y te ahoga y hará que te masturbes culposamente, apretando las piernas, bajo el agua cálida de la ducha. Dale, casate conmigo, seamos felices, dice él. Vamos ya a cojger, bah. Dice él. (Pilar estaba a punto de vomitar; se sentía mal; la gente que pasaba, la miraba con extraña; miraban su mano ensangrentada, sus ojos extáticos en el cielo). Harás, hija de puta, amada mía, vergel de mi jardín florido, harás profundamente infelices a tus hijos y comprarás en joggings cosas inútiles que te pediré para que me hagas de cenar, esa única exigencia después de un laaargo día de trabajo. Y, así, la rueda gira. Y no serás libre. Y no amarás. Y no podrás dialogar. Y no tendrás confianza. (Sintió una náusea, una regurgitación agria que le quemaba la garganta). Tendrás, amor, cielo de mis días, perra sucia, odio y miedo. Querrás gritar. Insultar y patear. No lo harás por cobarde, por el dinero de tu maridito, por no criar a tus hijitos sola. Dale, casate conmigo, dale, dale, vamos a cojer, ya. Si vamos, me caso. Dice él. Te apagarás como el sol y el único consuelo será morir última. (Pilar, dulce niña sufrida, cerró los ojos y la luz se le apagó)

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