Gutiérrez


Ilustración María José Daffunchio

Gutiérrez.

El sol del domingo crepitaba sobre el cuero correoso de la carne en la parrilla. Los chicos, la pileta, el agua que salpicaba sobre el verde césped. Un domingo para despejar la mente de toda la semana de alienante trabajo de oficina. Agotador y fascinante trabajo de oficina. La búsqueda de pequeñas cuotas de poder que permitan hundir a otro en las profundidades abisales. La indigna tarea de lamer las botas de cualquier energúmeno que detente algún tipo de grado superior en la escala de poder. La suculenta fortuna que se amasa mientras se pierde la salud, la humanidad y el honor. La mente humana consumida por una farsa de insolente perversión, participando en fríos procesos impersonales que sólo profundizan la agonía de los individuos y de la sociedad. Hombres y mujeres de solemnes uniformes, de esmerilados rostros, de opacas personalidades y absurdas ideas, son los engranajes de una máquina de sangre que no lastima, pero que carga las pistolas que dispararán.

Y las brasas naranjas, blancas, ardientes, resecan la grasa y la hacen crujiente y, grotescamente, deliciosa. El acero ardiente quema y marca la carne chamuscada bajo el sol de diciembre. Mes ajetreado, agotador, estresante. Cierres, balances, F.O.D.A.s, reuniones, dibujos, transas, merca, fiestas, champagne, brindis, manotazos para cobrar el aguinaldo y la coima. Transas. Diciembre es un mes de transas. Llegar a cobrar el premio, la comisión. Ganarle al forro de tu compañero la segunda de enero. Siempre hay alguna zanahoria tras la cual andar corriendo. Diciembre es un mes de mierda. Las fiestas, la familia, perder tiempo en protocolos y borracheras y comilonas aburridas con la esposa y los chicos. Diciembre. Hace calor siempre en diciembre.

Por suerte, Cacho había alquilado, como todos los años, la quinta de Moreno. Cacho lleva veinticinco años en la empresa, le quedan todavía unos cuantos años y desea morir trabajando. Nunca se interesó por ascender, pero sí por ganar guita. Se metió en todos los negociados y silenciamientos y buchonerías posibles, siempre y cuando le dieran guita. Hace doce años que no se toma vacaciones. Alquila la quinta para que su familia no le rompa las pelotas. En la semana, él duerme en el semi-piso de Belgrano; esos desconocidos que llevan la mitad de su información genética y la señora que les dio la otra mitad, viven en la quinta. Se ven los fines de semana. Salvo los veinte días que se van a veranear a su casa en Pinamar. Sí, Cacho está bien de guita. Es un bacán. Pero está grande y sabe que si sigue siendo un empleado va a tener que ahorrar mucho para cuando se jubile. Hace dos años que existe la posibilidad que lo pasen como Jefe de sección. Y eso sería un golazo para él porque podría trabajar más y cobrar muchísimo más. Pero llegó Gutierrez.

Justo el día que llegó Gutiérrez -”ese pendejo de mierda”-, don Juan Carlos decía a Cacho que el puesto de Jefe de Sección era de él, pero que tenia que arreglar algunos papeles y no sé qué. “Está bien, Juanca, no te hagás problemas. Hace veinte años nos conocemos… confío en vos.” Pero llegó Gutiérrez.

El sol de diciembre es agobiante. Es como si el infierno transformara su esencia en tiempo y se transformara en un mes. Como si Comala fueran treinta y un días. Un asco. El agobio progresivo de diciembre. Porque no es que diciembre arranca así, matándote. No. Empieza despacio. Con un cálido y agradable clima templado, sutil y hasta acogedor. Pero en poco tiempo, te atraviesa el alma, te arroja a las fauces de Belcebuth. Una porquería que termina provocando tus actitudes más ridículas e impensadas. Diciembre y su agobiante clima de desesperación. Porque no es sólo el calor y la humedad. Es también el darse cuenta de que se está acabando un año más y que la mayor parte de las cosas que habías jurado hacer este año que se muere (desde adelgazar y empezar guitarra hasta matar a tu suegra y levantarte a la telefonista) nunca van a ser realizadas. Y ya no podés mentirte. Se te acaba el tiempo y te desespera.

Cacho daba vuelta lo pedazos irregulares de carne y en sus labios una sonrisa de plena satisfacción. Su cuerpo blanquecino y flácido se enrojecía violáceamente al sol. Por suerte tenía la gorra con visera y cubre-cuello -como el gorro de los legionarios del desierto-. Sus bigotitos rubios y su cara de chancho mofletudo se ocultaban bajo esas sombras. Su cuerpo abundante, grueso, plegado y fofo, transpiraba al sol, como si a él lo estuvieran cociendo en la parrilla. Chamuscándose bajo el sol, pronto a ser devorado.

“Gutiérrez, ese muchacho”. Eso dijo Cacho cuando hace cinco días le comunicaron que Gutiérrez, con todos sus títulos y toda su juventud y todas sus pocas exigencias y toda su escasa experiencia y sus pocos chismes.  Y, principalmente, su bajísimo sueldo y su enormísima ambición. Gutiérrez, tendría el puesto que era para él, para el gran Cacho. Comenzaba diciembre. Todo el puto año peleando para que venga este pendejo y, en un par de años, tuviera mejores beneficios, un sueldo apenas mejor y una mujer preciosa. “No es así”, pensó Cacho, “a este pendejo me lo como crudo”.

-Che, gordo, me enteré del quilombo con Gutiérrez.- le dijo Miguel, otro empleado de quince años en la empresa.

-No, en realidad, no fue quilombo. Brindé de más, sí, y le dije un par de verdades…

-Pero viste que no fue a laburar el viernes y no lo pudieron ubicar en todo el día.

-Y, claro. Es un pendejo. Yo le dije a Juan Carlos cuando me avisó. “Y, pero yo no puedo hacer nada, Cachito”, me dijo el viejo, “el directorio dice que conviene más el pendejo”. Que se vayan a la mierda. Ahí tienen… andá a saber a dónde mierda está el pibe. Bue… ¡¡¡la carne está lista!!!.

Diciembre tiene estas cosas. Altibajos anímicos, momentos reflexivos, momentos de algarabía y olvido. Y, ahora, con toda esa carne mansa y tierna brillando sobre la mesa, con el vino cálido al sol, derramándose como sangre en las copas, y la gente deglutiendo sin mirar, haciendo ojos al sol y cegándose para no ver, disfrutando de la carroña y el atontamiento. La gente en diciembre arde como el aire y se obnubila como la navidad y sus fuegos de artificios.

-¡Un aplauso para el asador, che!- gritó Miguel con el torso escuálido y apenas velludo y un vaso de vino tinto en la mano- Ahora, gordo, ¡qué buena merca! ¿De dónde es, che?.

-De Gutiérrez, sí- dijo y nadie notó la respuesta porque el vacío ya estaba sobre la mesa.

Lucas López Martín

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2 Respuestas a “Gutiérrez

  1. Excelente texto e ilustración. Gracias por plasmar la realidad y no convidarme a una alegría obligatoria.

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