LUCA NOT DEAD


Ilustración María José Daffunchio

Me crié en Caseros. Un barrio común, sin mayores cuestiones que destacar. Lleno de fantasmas y leyendas como todos los barrios. Cuando estás adentro del barrio no te das cuenta de esa magia pero está latente y, cuando años después, te despertás y te atrevés a mirar, surge como un espejismo.  En mi infancia, en mi primera adolescencia, estábamos invadidos por la primavera alfosinista, el post-dictatura y el primer menemismo. Somos los hijos de la mentira, se ve. Nunca disfrutamos ni la dictadura, ni la democracia, ni el neoliberalismo y todo siempre fue dificil. Pero somos niños del oeste, esas “bombas pequeñitas” que se hacen a los tropiezos, aún sin demasiadas rispideces.  Cuando yo era pibe, no había en mi barrio nadie que no conociera a Luca. Todos los muchachos más grandes habían visto a Sumo en algún bar o boliche como Mirage o Joan´s Disco. Todos. Pero lo más llamativo (hoy lo califico así, claro) era que los perdidos, los linyas, los hombres de la noche, todos los  lúmpenes que no eran del palo del rock, que no escuchaban más que tango o folclore, también lo conocían. Sospecho, es más, que ellos más que ningún otro lo conocían. “Sí, el pelado. Claro, nos tomamos unas ginebras en la estación”, decían. “Venía siempre, todo rotoso y Carlitos, lo tenía que sacar a patadas porque andaba en cuero y así no se puede estar”. Así, recorriendo todas las estaciones de la línea San Martín desde San Miguel -donde aún hoy hay gente que lo recuerda- hasta, por lo menos, Sáenz Peña. Como quien hace el camino de Santiago o la ruta del Che, nosotros, púberes, recorríamos esas estaciones, esos bares, esos tugurios, buscando el secreto de Luca. Niños que se perdieron Sumo, buscando esa huella mítica.

Caseros, de hecho, guarda la leyenda iniciática de Sumo. Cuentan los que saben que el 20 de marzo de 1982 en el Club Estudiantes de Caseros (de Buenos Aires, en realidad) se hizo el festival “Rock del sol a la luna”, donde participó Sumo -llevaba al lado, entre paréntesis la palabra England-. Fue, quizás, la primera gran presentación de la banda, donde la prensa nacional pudo tomar contacto directo con Luca, Daffunchio, Stephanie Nuttal y Sokol. Ese día tocaban Orions, Los Violadores, Hangar, Los abuelos de la nada, Riff, la plana mayor del rock argento por aquellos años. En un momento, la gente gritaba “¡Dale Pappo!”, recordaría Daffunchio, Luca respondió por el micrófono: “¿Pappo…? ¿Quién es Pappo…? Yo le juego una carrera tomando vodka hasta Rosario… a ver quién gana.” Ese día, Sumo tocó una canción de Capitán Beefheart. Y se ganó a todo el público del rock. O al menos, se hizo notar.

La historia de todos los que conocieron a Luca, la leyenda de su multiplicidad, creo, tiene que ver con la sensación que tienen (que tenemos) quienes nos acercamos, de cualquier modo, a él. Todos los que nos vemos fascinados, tengamos cincuenta, treinta o dieciocho años, creemos conocerlo. Porque establecemos una empatía milenaria con su actitud, una necesidad de tomarlo como parámetro. Todos quisiéramos ser como él. Pero nos da miedo. Porque Luca era punk. Punk de verdad. No de esos de borceguíes y tres horas ante el espejo arreglándose la ropita y el pelito. Era punk de pantalones de gimnasia hechos mierda y chancletas. Era punk de ser modesto, respetuoso, culto, inteligente y criminal, violento, agresivo, vergonzante, sucio. Era lo que debe ser el rock. La actitud punk de Luca su forma constante de coquetear con la muerte era lo más atractivo en una escena como la del rock argentino donde nadie, ni los más heavys o esos nuevos pseudo-punks, actuaban así. A Luca no le importaba la guita, ni la vida. Dos cosas a cualquier artista lo mueven y por lo cual es capaz de cualquier cosa. El siguiente gran muerto del rock fue Kurt Cobain, atormentado por el éxito y por la guita, también prefirió la muerte. La vida no vale nada, si dejaste algo, quizás pensaran estos tipos.

Luca fue un revolucionario sin banderas, un revolucionario sin partidos, ni ideologías. No por que no las tuviera, sino porque no aceptaba dogmas. Desde chiquito criado en una disfuncionalísima familia “snob”, como él mismo la califica en algunas entrevistas, llena de los dogmas propios de esa condición sufrió esas imposiciones. Tuvo la libertad de romperlas porque tuvo la disposición ilimitada del dinero. No hay rebeldes sin guita, lamentablemente. Luca era un tipo de mucho dinero (como Timmy McKern, su amigo y compañero de toda la vida) y no renegó nunca de eso. Sumo nace de la venta de un departamento que su padre tenía en Londres. No de vender artesanías en Cruz del Eje. Pero no importa. Porque el dinero no importa, al menos, no si se lo utiliza de esta manera.  Era un rebelde con actitud punk y una gran inteligencia y cultura. Una combinación que escasísimas veces se da.

Su actitud y su inteligencia lo transformaron en una especie de Esteban Echeverría del rock nacional. Él trajo las movidas nuevas de Inglaterra y no el rebote vendedor de las empresas discográficas. Vivió el punk -al que detestaba, no a la música en sí, sino a “los punks” post-Vicious-, el rock  sinfónico -se declaraba “bastante fan de Pink Floyd”- y el reggae -otro movimiento cuyos cultores le parecían imbéciles-. Tenía la soberbia de decir que no le gustaba nada del rock nacional, pero sí “el folklore, me gustan los tipos que se toman una damajuana de vino y después se tocan 40 chacareras. Eso ya me gusta, ya tiene fuerza.”

De algún modo, tenía incorporada la poesía. Admiraba a Jim Morrison -algunos lo conocimos en esas recorridas robando revistas sobre Sumo-, a Dylan y a Leonard Cohen (“Beatiful losers”, esa prehistórica canción de la serranías, se inspira en uno de los libros del canadiense). Y, sin embargo, era básica su creación. Era simple y sintética, como corresponde a la esencia de la poesía, por otro lado. Y con eso, Sumo fue exitoso. Con una fórmula sencilla que mezclaba simpleza, honestidad y mucho huevo. En el ´84, en Zero, Soda Stereo convocó 80 personas con entradas pagas y Sumo, 250, demostrando que la complejidad estilística o creativa no garantizaba ´ público -que es, en definitiva, para lo que trabaja un artista-. En la misma línea, dice Mollo: “… nos daba risa cuando comparábamosla Cantarock, donde salían los temas para tocar en guitarra, y los de Spinetta tenían 800 acordes y “La Rubia Tarada” era todo en Mi mayor…”

La sencillez y la honestidad brutal lo hacían querer a Calamaro (“nos unió la música”, dijo, a pesar de le caía mal) y a Pipo “porque es divertido”. Los que lo conocieron, los que vieron a Sumo en vivo, hablan de su constante humor -al menos, no en esos periodos de oscuridad tóxica-. Cuando Sumo presenta en un concierto organizado por CBS su primer disco “Divididos por la felicidad”, en Stud Bar, un lugar bastante paquete sobre Libretador, en  1985, Luca dijo a unos pocos años del conflicto con los ingleses: “Las Malvinas son italianas. ¿Saben por qué tengo un colador en la cabeza?. Porque los italianos van a bombardear, pero con fideos. Tengo colador para agarrar los fideos.” Su humor lo hacía cagarse en todo. Humor, inteligencia, honestidad. Una combinación que provocaba que pudiera opinar pestes de Charly o de Fito, pero que, a su vez, se pudieran juntar y trabajar en algo juntos. A Charly le tradujo algunas cosas del inglés y con Fito tuvo una relación de casi-amistad. Nada que ver, claro, entre ellos. Pero, aparentemente, así era Luca. Incomprensible. Odiaba a los “rockeros bonitos, educaditos”: “…rock significa: rebeldes, feos, no todos prolijitos, la moda no importa. Nosotros somos roqueros. Yo no pienso que soy un artista como muchos músicos de acá. (…) vos sos un tarado con una guitarra. Dale con el rock. ¡Vamos con los Rolling Stones, todavía!. ¡Esos tipos son unos viejos y siguen haciendo un rock que parte las piedras!. Ese es el espíritu del rock: ¡rebeldes y reos!”. (“Paradojal Personaje Prodan”, entrevista de Nora Fisch, El Expreso Imaginario, diciembre 1985)

Cuando crecí me tocó trabajar con un despachante de aduanas en el sótando de la calle Alsina 441, justo enfrente de la casa donde vivió y murió Luca. Una casa que había sido propiedad de Rosas y que fue Centro de Taquígrafos o algo así, pero que, a fines de los ochentas y mediados de los noventas, estaba ocupada y a punto de caerse a pedazos.  Comprábamos comida y cigarrillos ahí los fines de semana porque era lo único que estaba abierto. Era como un templo, también. (Hoy es un “restó-bar” careta pero rocker, bue… nuestro tiempo). Allí, claro, las anécdotas, las leyendas y los fantasmas circulaban como la cocaína, quizás más. Luca siempre reaparecía. La gente contaba que habló con Luca a las diez de la noche del 21 de diciembre de 2011 o que Luca le había prometido comer con él al mediodía siguiente. Todos concordaban que Luca había muerto con una sonrisa en los labios. Como cuenta su novia -una de sus novias-, Nora Fish en la “Pelo” de aquel momento, murió con “una sonrisa infinitamente plácida, autosuficiente. La sonrisa enigmática del Buda“.

Siempre está Luca dando vueltas, como referente. Siempre con esa mirada nihilista, existencialista, brutal. En una entrevista con Enrique Symms, para “El Porteño” de febrero de 1986, dice: “antes iba con el pelo largo y creía que en el rock y en la poesía y en todo. Ahora todo eso terminó. Ahora simplemente hay que bancársela”.  Perdedores. Eso somos todos, incluído Luca. Pero nos da esperanza. Luca siempre es una esperanza. Cuando murió, la madre le agradeció a Timmy esos ocho años de sobrevida que había tenido su hijo en Argentina. No el éxito, no la perpetua consagración artística. La vida. Y, creo, Luca excede a Sumo, al rock argentino, a todo. Luca es un ejemplo de que siempre podés sobrevivir ocho años más. Si sos honesto, inteligente, brutal, valiente, algo violento y educado. Un italiano pelado que cantaba en inglés que hablaba como irlandés de clase alta, con estudios importantísimos, reventado en la droga y el alcohol, vino a inventarnos el rock nacional, en le cual él mismo nunca creyó. Y todo en cinco años. Hizo un culto del anti-macho y la no-amistad (“mis amigos son Sumo y las mujeres”, dijo; “me gritaban ´puto´y ellos eran todos tipos y yo estaba con mi novia… ¡y me gritaban puto a mí!”). Luca era argentino desde mucho antes de llegar acá. Esa mezcla rara de tantas cosas que somos nosotros. Por eso al pelado lo respeta casi todo el mundo en el rock, ambiente lleno de prejuicios y pelotudeces. Quizás porque fue el único, o uno de los pocos, que nunca careteó, que nunca vendió algo que no era. Su muerte fue la culminación de la coherencia de Prodan. Murió como vivió. Lleno de dolores y feliz. Con la sonrisa de quienes han sido inteligentes y honestos.

Lucas López Martín

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=xTWS_pLDX3s

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