Violeta


“Usted no conoce el infierno si no caminó por una callecita de Liniers una tarde de febrero”. Algoasí dice un cuento de Cortázar. Liniers es un infierno. Un pintoresco infierno lleno de inmigrantes bolivianos, trabajadores del oeste del gran Buenos Aires que van (o vienen), de señoras que compran cosas baratas, de viejos que van abandonando sus huesos en un pasado que creen mejor, de pibes que venden telas o juguetes chinos o juguitos en caja. Un pequeño infierno de olor a fruta podrida y San Cayetano. La humedad gobierna y el calor agobia, cruzar la General Paz no te salva. Por ahí, correr para Villa Luro, pero no creas que mucho.
En ese infierno, Violeta pulula cual Lady Godiva. Vestida, claro. Su coraje es minúsculo, en realidad. Violeta no se llama Violeta. Pero le gusta que crean que sí. Su apodo es porque cree que el violeta es un color siniestro. Es el color de las berenjenas (que odia porque su mamá naturista le hacía comer milanesas de dicha hortaliza, horribles), de la noche (mentira que es negra, es violeta, mirala bien) y de los muertos. Y a Violeta le gustan los muertos. Y la ropa de cuero (que usa en este verano infernal y que le queda tan endiabladamente bien). Y los sueños de nena bien.
A Violeta le gustan las cosas oscuras pero su mente es blanca, de un blanco vacío, como un hospital. Ascéptica y pura, en realidad. Algo tonta, si escuchás sus profundos secretos. Pero no los sabrás, porque nuestra chica es una perra que esconde perfectamente sus huesitos malolientes.
Y Liniers la cobija. La guarda como quien esconde a un amante que ama más que a su pareja y que necesita que esté oculta para no perder ese amor puro. Así, la ciudad la abriga entre sus piernas y la besa. 
A la vuelta de San Cayetano, en un convento rante, está ella, con sus piernas abiertas dándose el gusto de un hombre. Uno de sus amores, de sus necesidades. Lo odia. Como odia a todos sus amantes. El amor es la peor necesidad, le dice. Y el pibe se limpia y prende un porro. No le importa. Le sobran necesidades de verdad y para él el amor es un par de patas abiertas y su mujer en la casa.
-Callate- le dice mientras sale del baño- Decime, ¿por qué estás acá siempre, si tenés una casa a todo culo por acá?.
Violeta no responde. Le estira la mano pidiendo una pitada.
-Estoy acá porque no podría estar allá. Acá puedo estar con vos o con cualquiera. Éste es mi lugar. Mi casa es la casa de la que soy yo en otra vida. Y, mejor, callate vos, pelotudo.
Y lo mira. Lo mira con esos ojos de perra ansiosa que bien sabe mentir. Porque mirar a Violeta es mirar sus ojos, cautivadores y enojados. Engañadores y sensuales. Puede estar en bolas o vestida con burka. No importa.
Aspira profundo y no suelta el humo, cierra los ojos y siente que la cabeza de su chico está apretándole los muslos (o viceversa, pero ella siente que él la aprieta; necesita que la aprieten). Es una chica fácil, en definitiva.
-Estos negros de mierda- piensa- sí que saben chuparla.
Y nada más. Su frustración de clase no le permite ir mucho más allá. Es una boluda. Una boluda que sueña no necesitar nada. Por eso se hunde en conventillos y casas tomadas, en hoteluchos y bares de la estación.
La cumbia y el folclore boliviano le perfora las orejas y putea. Putea a los negros que puteaba su abuela cuando empezó a ver que su barrio se llenaba de gente que ella odiaba. Ella parece dura, pero su abuela era despótica y aterrorizante. De familia hacendada había perdido hasta el apellido y se casó con un tano zapatero de Lomas del Mirador que tenía guita. Así pudo mantener su castillo solitario en donde crió a sus hijos. La mayor desgracia es que le salieron zapateros. Los odiaba. La abuela odiaba a sus hijos zapateros. Pero no a Violeta. Violeta tenía en sus ojos la chispa de la abuela, la chispa de la argentinidad pura que ella tanto valoraba. Así aprendió a putear a los negros. Y, como su abuela (y su madre y, quizás, sus tías), tenía algunos amantes negros. 
Por eso Violeta ama lo negro, lo oscuro. Porque es vida, sin darse cuenta. Y putea a la cumbia que viene de la habitación de enfrente. Y de la de arriba. Y de la de allá y la de acá. Sale. No aguanta más. Paga la habitación y sale. Violeta está saliendo siempre, pero no se anima a irse. Porque sabe, en el fondo que su negra vida está entre los húmedos y olorientos adoquines de Liniers.
Escondida entre los despojos de la historia que la atormenta sin saberlo, se cubre la piel con otra piel oscura para disimular. Y para ser vista. Pero a nadie le importa. Como una mosca va entre los sueños y los esfuerzos de los demás, con su superioridad leve, cree ir pisando almas. Pero nadie la ve. Aunque grite silenciosamente para que alguien la vea. Es triste, boluda y patética, pobrecita. Pobrecita Violeta. Tan grandiosa, hundida en su soledad de abuela muerta. Viviendo de la gente que odia, por la gente que odia. 
Es un engaño, una pieza rota, inútil, de esta maquinaria y, sin embargo, fundamental. Como vos o yo, que no estamos viajando para trabajar, ni estamos acomodando cajones de verduras, ni caminamos vestidos de cuero, hacia una pieza mugrienta de pensión, por el infierno es Liniers una tardecita de febrero.
Lucas G. López Martín
Ilustración María José Daffunchio

Ilustración María José Daffunchio

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