Pánico


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(“Y el hombre respondió: La mujer que me diste
por compañera me dio del árbol, y yo comí” Génesis 3:12)

Cuando despertó de aquel sueño agitado, no supo si fue un sueño.
Como aquello de la mariposa.
Estaba confundida. Se levantó y sacudió el polvo del que estamos hechos de su cuerpo de mujer. En el sueño ella moría. Así de simple. Y en la vigilia sentía que su cuerpo ya no funcionaba. Sí, caminaba, respiraba y palpitaba, pero no funcionaba. Las sensaciones del entresueño, de la duermevela, son las del recienvenido. Y así estaba ella.
Transpirada y taquicárdica. Asustada. Con irrefrenable lentitud, su corazón –vivo, claramente- comenzó a latir con furia. Horriblemente. Sintió, nuevamente, aquella vieja sensación. Pensó que había huido, que había escapado. Ya sabía cómo era, ya tenía en su memoria las sensaciones y los pensamientos. Pensó, pero pensar, no sirve. El olor de la muerte que se acerca niega el pensamiento. Agitación, sudor y fiebre. Fármacos. ¿Dónde están?, puta, dónde mierda los dejé. La opresión crece. El pecho estalla. El corazón ya vuela en su palpitar. Duele. Duele el plexo. Muere.
La muerte se divierte en este tiempo. Ella sufre y se retuerce. Llora agarrada a ese dolor que no quiere reconocer. Tiene miedo. Pero no siente miedo. Siente dolor. Dolor de morir. Dolor de saber que no morirá. Pero saber que muere.
Lentamente, el pecho vuelve a aquietarse. Se relajan las pulsaciones y la solvencia retorna. Prende un cigarrillo, se tensa igualmente. Qué imbécil, por favor. No te puedo creer otra vez… mierda.
La culpa se derrama sobre ella. El miedo la agobia. Y llora, como cuando era chica y se gestó, sin saberlo, este miedo que los años guardaron en una cajita y que regresa para atormentarla, para adolescerla siempre, como Sísifo, como Tántalo.
Y ahora, el vacío. La calle lejana, allá abajo, con su mar de gente, con sus vidas felices –para ellas siempre la vida de los demás es feliz-, la llamaba. Su pie subió la baranda. Y tembló. Y, acurrucada, como en tiempos inmemoriales, cuando nada existía más que el agua y el calor, se tiró a llorar, desconsoladamente y sola.

Lucas G. López

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