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Reiki


Ilustración María José Daffunchio
 

Reiki “Secretos de la felicidad.Medicina espiritual para todas las enfermedades.Sólo por hoy (Kyo Dakewa)… No te preocupes (Ikaruna). No te irrites (Shinpai shuna). Agradece (Kansha Shite). Trabaja duro (Kyo wo hageme). Sé amable con los demás (Ito ni shinsetsu-ni). Recítalo mentalmente o en voz alta con las manos en Gassho. Por la mañana y por la noche. Mejora de cuerpo y mente Usui Reiki Ryoho. (Fundador, Mikao Usui.)”

……………………………………………….

No te preocupes (Ikaruna).

Hago Reiki desde hace muchos años. Porque no creo que ninguna pastillita me pueda curar. Sólo lo que hacen las drogas es meterte en un mundo oscuro, oscuro. No. El Reiki me hace bien. Me calma. Me relaja. Me quita un poco de todo este mundo de mierda lleno de gente pelotuda que sólo quiere dañarte. Desde que me separé, hace seis años, cuando mi ex (el muy hijo de puta) me corneó con la esposa de su medio hermano, hago Reiki. Me relaja. Cuando me separé del hijo de puta de mi ex, hice terapia. Pero la conchuda de la psicoanalista pretendía que yo me hiciera daño. Iba para el lado de mis viejos, de mi vieja, especialmente. Y de ésa no pienso ni hablar. Me la saqué de encima cuando se murió. Y que con mi papá ni se meta. Éso le dije. Que con mi papá ni se meta. Si no fuera por él odiaría a todos los seres con pitulín. Bueno, salvo a mi vida, la luz de mis ojos, el sol de mi vida, el único hombre que me acompaña, Benancio, mi hijito hermoso. Ahora hago Reiki. Me relaja. No me preocupo y vivo al día. No, no me preocupo. Si no fuera por mi papá y por Beni, no sé qué haría. Mataría a alguien, supongo.
No te irrites (Shinpai shuna).

No, no, no. En realidad, no. No sé porqué dije eso. No mataría a nadie, claro. Mi alma está alineada con las fuerzas cósmicas universales en la energía sanadora. No. No mataría a nadie. Ya morirán solitos. Los dos. Para algunos el Reiki es sencillo porque llevan vidas sencillas. Adela, por ejemplo, mi compañera de caminatas, ella hace Reiki occidental y le es fácil, claro. Tiene un nuevo marido que es un bombón, más joven y bien puesto que Esteban, el anterior. Muy viejo pero con mucha guita. ¡Y enviudó!. O sea, perfecto. La muy conchuda tiene una vida perfecta. Se quedó con todo lo del viejo -aunque se lo tuvo que coger diez años, pero bueno, hay que pagar la suerte-, y ahora está con este tipo que es un bombón. En cambio yo, acá, con Beni y el hijo de puta del padre y la perra de la novia. Pero, no, no me irrito. Porque sólo me quita del eje de ensartamiento de las fuerzas celestiales del karma cósmico y la concha de la lora…

Agradece (Kansha Shite).

A Dios. A mi padre. Y a Beni. Las razones por las que vivo. Porque dios lo mueve todo, dios es, dios es, dios es dios. Y a mi padre porque es el que me sostiene. Y a Benancio porque me ilumina y le da razón de ser a mi vida. Sin él, no sé, me mato. ¿Para qué vivir esta vida miserable, atada a la dependencia de mi hijo de puta ex y de mi papá, a la responsabilidad de ser madre sola, para qué vivir estas soledad y angustia de mierda?. Pero sí, agradezco. Agradezco cada mañana tener un motivo para levantarme y no quedarme tirada en la cama torturándome con el destino inmundo que me tocó vivir. Agradecer que tengo el Reiki, que si no…

Trabaja duro (Kyo wo hageme).

Por supuesto, que tengo el Reiki pero no es sólo tener el Reiki. Poder establecerse como receptora equilibrada de las fuerzas del cosmos y el espíritu sano y predispuesto para la sanación exige una fuerza vital y un esfuerzo que supera cualquier trabajo físico. Yo, a veces veo a los trabajadores de la construcción y eso y pienso que ellos no tienen la fuerza espiritual necesaria, seguramente, que se necesita para mantenerse alineada con la energía astral. Por eso, sonríen y dicen barbaridades. Bah, supongo que por eso. La cosa es que estoy segura que es muchísimo, infinitamente más duro mantenerse alineada con con los chakras alineados apuntando al satori que levantar bolsas de cemento durante doce horas todos los días.

Sé amable con los demás (Ito ni shinsetsu-ni).

Pero la gente es así. Cree que lo material es lo único importante. Nunca les va a quedar claro que lo material no es importante. Que lo importante es el amor. El amor al prójimo, el amor por sobre todas las cosas. Que si sos bueno, sos amable, es decir, te aman. Amar a los demás. Aun en la soledad y en la desgracia como yo. Amar. Si tenés la suerte de Adela, bueno, ahí se nota que sos amable. No sé, a veces, me parece que es lo más difícil. Yo por eso no salgo mucho. Porque tengo miedo de que no me equilibre el reiki cuando debo ser amable. Me cuesta esa parte. Aunque quiero ser buena, es difícil ser amable con gente que te traiciona, te insulta, te maltrata. Es difícil. Muy difícil. Por eso, a veces, tomo alguna pastilla para relajarme, porque no se puede vivir del reiki nomás, ¿viste?. El mundo es muy zarpado y yo pienso todo el tiempo en que no es posible alinearse con el cosmos cuando la hija de puta de acá al lado coje todas noches como una perra y grita como si le estuvieran haciendo una enema con ácido y el pendejo pelotudo de arriba pone la música de mierda esa a todo lo que da y la conchuda malcojida de la maestra de Beni pretende que el nene sea un experto en literatura. O sea, es muy difícil ser amable con el mundo cuando el mundo está lleno de forros egoístas que sólo logran desalinearla a una. Por eso, cada tanto, una pastillita ayuda a que el cosmos se ponga de tu lado, porque la mayor parte del tiempo parece que está en cualquiera y no me da ni cinco de bola el muy pelotudo. Hoy, como siempre, como ayer, como mañana. Mi vida es una mierda. Quizás… sólo por hoy…

 

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Violeta


“Usted no conoce el infierno si no caminó por una callecita de Liniers una tarde de febrero”. Algoasí dice un cuento de Cortázar. Liniers es un infierno. Un pintoresco infierno lleno de inmigrantes bolivianos, trabajadores del oeste del gran Buenos Aires que van (o vienen), de señoras que compran cosas baratas, de viejos que van abandonando sus huesos en un pasado que creen mejor, de pibes que venden telas o juguetes chinos o juguitos en caja. Un pequeño infierno de olor a fruta podrida y San Cayetano. La humedad gobierna y el calor agobia, cruzar la General Paz no te salva. Por ahí, correr para Villa Luro, pero no creas que mucho.
En ese infierno, Violeta pulula cual Lady Godiva. Vestida, claro. Su coraje es minúsculo, en realidad. Violeta no se llama Violeta. Pero le gusta que crean que sí. Su apodo es porque cree que el violeta es un color siniestro. Es el color de las berenjenas (que odia porque su mamá naturista le hacía comer milanesas de dicha hortaliza, horribles), de la noche (mentira que es negra, es violeta, mirala bien) y de los muertos. Y a Violeta le gustan los muertos. Y la ropa de cuero (que usa en este verano infernal y que le queda tan endiabladamente bien). Y los sueños de nena bien.
A Violeta le gustan las cosas oscuras pero su mente es blanca, de un blanco vacío, como un hospital. Ascéptica y pura, en realidad. Algo tonta, si escuchás sus profundos secretos. Pero no los sabrás, porque nuestra chica es una perra que esconde perfectamente sus huesitos malolientes.
Y Liniers la cobija. La guarda como quien esconde a un amante que ama más que a su pareja y que necesita que esté oculta para no perder ese amor puro. Así, la ciudad la abriga entre sus piernas y la besa. 
A la vuelta de San Cayetano, en un convento rante, está ella, con sus piernas abiertas dándose el gusto de un hombre. Uno de sus amores, de sus necesidades. Lo odia. Como odia a todos sus amantes. El amor es la peor necesidad, le dice. Y el pibe se limpia y prende un porro. No le importa. Le sobran necesidades de verdad y para él el amor es un par de patas abiertas y su mujer en la casa.
-Callate- le dice mientras sale del baño- Decime, ¿por qué estás acá siempre, si tenés una casa a todo culo por acá?.
Violeta no responde. Le estira la mano pidiendo una pitada.
-Estoy acá porque no podría estar allá. Acá puedo estar con vos o con cualquiera. Éste es mi lugar. Mi casa es la casa de la que soy yo en otra vida. Y, mejor, callate vos, pelotudo.
Y lo mira. Lo mira con esos ojos de perra ansiosa que bien sabe mentir. Porque mirar a Violeta es mirar sus ojos, cautivadores y enojados. Engañadores y sensuales. Puede estar en bolas o vestida con burka. No importa.
Aspira profundo y no suelta el humo, cierra los ojos y siente que la cabeza de su chico está apretándole los muslos (o viceversa, pero ella siente que él la aprieta; necesita que la aprieten). Es una chica fácil, en definitiva.
-Estos negros de mierda- piensa- sí que saben chuparla.
Y nada más. Su frustración de clase no le permite ir mucho más allá. Es una boluda. Una boluda que sueña no necesitar nada. Por eso se hunde en conventillos y casas tomadas, en hoteluchos y bares de la estación.
La cumbia y el folclore boliviano le perfora las orejas y putea. Putea a los negros que puteaba su abuela cuando empezó a ver que su barrio se llenaba de gente que ella odiaba. Ella parece dura, pero su abuela era despótica y aterrorizante. De familia hacendada había perdido hasta el apellido y se casó con un tano zapatero de Lomas del Mirador que tenía guita. Así pudo mantener su castillo solitario en donde crió a sus hijos. La mayor desgracia es que le salieron zapateros. Los odiaba. La abuela odiaba a sus hijos zapateros. Pero no a Violeta. Violeta tenía en sus ojos la chispa de la abuela, la chispa de la argentinidad pura que ella tanto valoraba. Así aprendió a putear a los negros. Y, como su abuela (y su madre y, quizás, sus tías), tenía algunos amantes negros. 
Por eso Violeta ama lo negro, lo oscuro. Porque es vida, sin darse cuenta. Y putea a la cumbia que viene de la habitación de enfrente. Y de la de arriba. Y de la de allá y la de acá. Sale. No aguanta más. Paga la habitación y sale. Violeta está saliendo siempre, pero no se anima a irse. Porque sabe, en el fondo que su negra vida está entre los húmedos y olorientos adoquines de Liniers.
Escondida entre los despojos de la historia que la atormenta sin saberlo, se cubre la piel con otra piel oscura para disimular. Y para ser vista. Pero a nadie le importa. Como una mosca va entre los sueños y los esfuerzos de los demás, con su superioridad leve, cree ir pisando almas. Pero nadie la ve. Aunque grite silenciosamente para que alguien la vea. Es triste, boluda y patética, pobrecita. Pobrecita Violeta. Tan grandiosa, hundida en su soledad de abuela muerta. Viviendo de la gente que odia, por la gente que odia. 
Es un engaño, una pieza rota, inútil, de esta maquinaria y, sin embargo, fundamental. Como vos o yo, que no estamos viajando para trabajar, ni estamos acomodando cajones de verduras, ni caminamos vestidos de cuero, hacia una pieza mugrienta de pensión, por el infierno es Liniers una tardecita de febrero.
Lucas G. López Martín
Ilustración María José Daffunchio

Ilustración María José Daffunchio

Uno


Ilustración María José Daffunchio

Ilustración María José Daffunchio                                                                      

“Uno” Enrique Santos Discépolo .
De acuerdo a las biografías de mi amado Discepolín, esta letra fue escrita el día que se enteró que no era hijo de Discépolo padre, sino de un músico uruguayo…Flor de letra “mamá”!

 

Milonguita borracha de madrugadas


Ilustración María José Daffunchio

Milonga de la mandanga,
le canta despacio y bonito
a los que ni siquiera esperan
el tibio y dulce tiro de gracia.

Milonga de los sin nombre,
milonguita que está al pedo
y en sus noches sueña el descanso
de tanto y tanto chumbazo.

La realidad, como la lluvia,
cae con ganas en la zabeca
de santos y pecadores;
porque todos, iguales,
morimos en bolas y a las puteadas.

Cuando sus ojos se van
todo es una pesadilla,
porque no queda reflejo,
ni luz, ni sueños, ni astillas.

Putas que muestran las tetas,
borrachos que fajan a minas,
minitas que sudan las medias,
y todos bailamos la danza tamboril
entre los fuegos candentes
del tic-tac paranoico de un reloj
siniestro y perverso, eterno.

Pero todos sabemos,
gracias a Alberto,
que el tiempo no existe
que el tiempo sos vos
que ni siquiera sos vos
que vos y yo, no somos.

Entonces, todo, pero todo,
da miedo y el corazón,
musculito inanimado,
sigue golpeando.

Y a la mañana siguiente,
como todas las mañanas,
ya no pensás en nada,
mate, café, cepillo de dientes,
risas y llantos, amores y embrollos,
tristezas, almuerzos, enojos,
y la gran bola que pisamos,
gira alegremente,
mientras esta milonga
triste y sencilla, termina.

Lucas López Martín

Pneuma


Image

Ilustración María José Daffunchio

Ella se arrastra silente entre sombras. Choca con las sombras y con la gente que esas sombras arrastran. Busca entre los desperdicios de la humanidad un salvoconducto que la guíe. Supone que ve pero es ciega porque no ve otra cosa si no es amor. Y el amor no existe. El amor es una perla oculta bajo la piel de los muertos, tras los sueños desinteresados. Entregarse, regalarse, empobrecerse del todo para morir bellamente. Ella es la novia del viento que remueve sus penas y sus ojitos danzantes. Sueña, pobrecita. Aún sueña.
Una caída y otra más, buscó por altares magnánimos y admirables pero al treparse, sólo encontró mugre y arañas en un paisaje vacío de columna dórica que era sólo vana belleza. Buscó en profundos seres amables, pero se mostraron idiotas, violentos y circunstanciales. Buscó en caminos sencillos pero la vaciaban cada vez más.
Y, entre la gente, olfatea sus sombras, oye sus pasos, buscando un perfume o una canción que la aliente, que la acompañe, que le dé tranquilidad. Ella se regala y todos se confunden. Quiere encontrar esos ojos que la reflejen y le den paz. Cree que es imposible. Es una nube, un vapor de estofado, la respiración que empaña un vidrio. Es la soledad que se duele y llora. Ella busca esa magia que le permita alinear los planetas para que el universo deje de conspirar contra nosotros. Es la paz y tristeza, la risa y la sangre. Ella, infantil y dura, se emociona con su sueño. Es la risa que se atraganta para evitar la vergüenza, es la lágrima del varón, es la ropa que no te dejan ponerte, es la idea que no podés tener, es tu miedo. Tu libertad. Ella no es nada. Es un salto. Simplemente, es el salto que das teniendo la certeza de que un brazo te va a atajar al fondo del pozo. La mano que te aplaude, la mierda que se goza. Es un reloj blando y un conejo vomitado.
Ahora, quizás, cuando la mires, será un suspiro (ese aire que se escapa, símbolo de frustración, de temblor, de angustia, que dejás salir en la intimidad de tus pensamientos, de tus sueños). Un suspiro lento y chiquito como un puñal que te atraviesa.

Lucas López Martín

El leve Pedro


Ilustración María José Daffunchio

Durante dos meses se asomó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro era nueva, que no había modo de tratarse y que él no sabía qué hacer… Por suerte el enfermo, solito, se fue curando. No había perdido su buen humor, su oronda calma provinciana. Demasiado flaco y eso era todo. Pero al levantarse después de varias semanas de convalecencia se sintió sin peso.

-Oye -dijo a su mujer- me siento bien pero ¡no sé!, el cuerpo me parece… ausente. Estoy como si mis envolturas fueran a desprenderse dejándome el alma desnuda

-Languideces -le respondió su mujer.

-Tal vez.

Siguió recobrándose. Ya paseaba por el caserón, atendía el hambre de las gallinas y de los cerdos, dio una mano de pintura verde a la pajarera bulliciosa y aun se animó a hachar la leña y llevarla en carretilla hasta el galpón.

Según pasaban los días las carnes de Pedro perdían densidad. Algo muy raro le iba minando, socavando, vaciando el cuerpo. Se sentía con una ingravidez portentosa. Era la ingravidez de la chispa, de la burbuja y del globo. Le costaba muy poco saltar limpiamente la verja, trepar las escaleras de cinco en cinco, coger de un brinco la manzana alta.

-Te has mejorado tanto -observaba su mujer- que pareces un chiquillo acróbata.

Una mañana Pedro se asustó. Hasta entonces su agilidad le había preocupado, pero todo ocurría como Dios manda. Era extraordinario que, sin proponérselo, convirtiera la marcha de los humanos en una triunfal carrera en volandas sobre la quinta. Era extraordinario pero no milagroso. Lo milagroso apareció esa mañana.

Muy temprano fue al potrero. Caminaba con pasos contenidos porque ya sabía que en cuanto taconeara iría dando botes por el corral. Arremangó la camisa, acomodó un tronco, tomó el hacha y asestó el primer golpe. Entonces, rechazado por el impulso de su propio hachazo, Pedro levantó vuelo.

Prendido todavía del hacha, quedó un instante en suspensión levitando allá, a la altura de los techos; y luego bajó lentamente, bajó como un tenue vilano de cardo.

Acudió su mujer cuando Pedro ya había descendido y, con una palidez de muerte, temblaba agarrado a un rollizo tronco.

-¡Hebe! ¡Casi me caigo al cielo!

-Tonterías. No puedes caerte al cielo. Nadie se cae al cielo. ¿Qué te ha pasado?

Pedro explicó la cosa a su mujer y ésta, sin asombro, le convino:

-Te sucede por hacerte el acróbata. Ya te lo he prevenido. El día menos pensado te desnucarás en una de tus piruetas.

-¡No, no! -insistió Pedro-. Ahora es diferente. Me resbalé. El cielo es un precipicio, Hebe.

Pedro soltó el tronco que lo anclaba pero se asió fuertemente a su mujer. Así abrazados volvieron a la casa.

-¡Hombre! -le dijo Hebe, que sentía el cuerpo de su marido pegado al suyo como el de un animal extrañamente joven y salvaje, con ansias de huir-. ¡Hombre, déjate de hacer fuerza, que me arrastras! Das unas zancadas como si quisieras echarte a volar.

-¿Has visto, has visto? Algo horrible me está amenazando, Hebe. Un esguince, y ya comienza la ascensión.

Esa tarde, Pedro, que estaba apoltronado en el patio leyendo las historietas del periódico, se rió convulsivamente, y con la propulsión de ese motor alegre fue elevándose como un ludión, como un buzo que se quita las suelas. La risa se trocó en terror y Hebe acudió otra vez a las voces de su marido. Alcanzó a agarrarle los pantalones y lo atrajo a la tierra. Ya no había duda. Hebe le llenó los bolsillos con grandes tuercas, caños de plomo y piedras; y estos pesos por el momento dieron a su cuerpo la solidez necesaria para tranquear por la galería y empinarse por la escalera de su cuarto. Lo difícil fue desvestirlo. Cuando Hebe le quitó los hierros y el plomo, Pedro, fluctuante sobre las sábanas, se entrelazó con los barrotes de la cama y le advirtió:

-¡Cuidado, Hebe! Vamos a hacerlo despacio porque no quiero dormir en el techo.

-Mañana mismo llamaremos al médico.

-Si consigo estarme quieto no me ocurrirá nada. Solamente cuando me agito me hago aeronauta.

Con mil precauciones pudo acostarse y se sintió seguro.

-¿Tienes ganas de subir?

-No. Estoy bien.

Se dieron las buenas noches y Hebe apagó la luz.

Al otro día cuando Hebe despegó los ojos vio a Pedro durmiendo como un bendito, con la cara pegada al techo.

Parecía un globo escapado de las manos de un niño.

-¡Pedro, Pedro! -gritó aterrorizada.

Al fin Pedro despertó, dolorido por el estrujón de varias horas contra el cielo raso. ¡Qué espanto! Trató de saltar al revés, de caer para arriba, de subir para abajo. Pero el techo lo succionaba como succionaba el suelo a Hebe.

-Tendrás que atarme de una pierna y amarrarme al ropero hasta que llames al doctor y vea qué pasa.

Hebe buscó una cuerda y una escalera, ató un pie a su marido y se puso a tirar con todo el ánimo. El cuerpo adosado al techo se removió como un lento dirigible.

Aterrizaba.

En eso se coló por la puerta un correntón de aire que ladeó la leve corporeidad de Pedro y, como a una pluma, la sopló por la ventana abierta. Ocurrió en un segundo. Hebe lanzó un grito y la cuerda se le desvaneció, subía por el aire inocente de la mañana, subía en suave contoneo como un globo de color fugitivo en un día de fiesta, perdido para siempre, en viaje al infinito. Se hizo un punto y luego nada.

                                                                            Enrique Anderson Imbert

El corazón delator


Ilustración María José Daffunchio

¡Es verdad! Soy muy nervioso, extraordinariamente nervioso. Lo he sido siempre. ¿Pero por qué dicen que estoy loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos en vez de destruirlos o embotarlos. De todos ellos el más fino es el oído. Yo he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra, y no pocas del infierno. ¿cómo, entonces, puedo estar loco? Observen con qué serenidad, con qué calma, voy a contarles esta historia.

Es imposible definir cómo penetró la idea en mi cerebro. Sin embargo, una vez adentrada allí, me acosó día y noche. Realmente no había ningún motivo para ello. El viejo nunca había hecho daño, y yo lo quería. Jamás me insultó, y su oro no me despertaba la menor codicia.

Creo que era su ojo. Si… ¡Eso era! Uno de sus ojos se parecía a los del buitre. Era de un color azul pálido, nublado por una catarata. Siempre que ese ojo se detenía sobre mí, se me congelaba la sangre. Y así, poco a poco, gradualmente, se fue apoderando de mi espíritu la obsesión de matar al anciano, y librarme para siempre de aquella mirada.

Ahora viene lo más difícil de explicar. Me creen loco, pero no pensarían así si me hubieran visto, si hubiesen podido observar con qué sabiduría, con qué precaución y cautela procedí… ¡con qué disimulo puse manos a la obra!

Jamás me comporté tan amable con él como durante la semana que precedió al asesinato. Cada noche, cerca de las doce, descorría el pestillo de su puerta y la abría muy suavemente. Cuando la tenía lo suficientemente abierta para asomar la cabeza, metía una linterna bien cerrada, para que no se filtrara ninguna claridad: luego introducía la cabeza. ¡Oh, se habrían reído viendo el esmero con que lo hacía, por miedo de turbar el sueño del viejo. No exagero al afirmar que por lo menos tardaba una hora en realizar esta maniobra, y contemplar al anciano acostado en su cama. ¿Podría haber sido tan prudente un loco?

En seguida, una vez que mi cabeza se hallaba dentro de la habitación, abría silenciosamente la linterna. ¡Oh, con qué cuidado, con qué sumo cuidado: Abría sólo lo necesario para que un rayo casi imperceptible de luz se clavara en el ojo de buitre. Hice esto durante siete noches interminables, a la misma hora, y siempre encontré el ojo cerrado. Así se fue volviendo imposible concretar mi propósito; porque no era el viejo quién me molestaba, sino aquel maldito ojo. Y todas las mañanas, cuando amanecía, entraba osadamente en su cuarto, y le conversaba valerosamente, con voz muy cordial, interesándome por saber cómo había dormido.

Comprenderán que tendría que haber sido un hombre demasiado perspicaz para sospechar que todas las noches, siempre a las doce, yo le espiaba durante su sueño.

Finalmente, en la octava noche, entreabrí la puerta con mayor sigilo que antes. La aguja de un reloj se movía más a prisa que mi mano. Jamás, como en ese minuto, pude apreciar tan bien la magnitud de mi astucia, y apenas lograba dominar mi sensación de triunfo. ¡Pensar que estaba allí, empujando muy pausadamente esa puerta, y que él ni siquiera vislumbraba mis acciones y mis pensamientos secretos!

Ante esta idea se me escapó una leve risa, y tal vez me oyó, ya que de pronto se movió en su lecho, como si fuera a despertar. Tal vez se imaginarán que me retiré de inmediato. Pues no, se equivocan, no fue así.

Su alcoba se hallaba profundamente oscura. Las ventanas estaban herméticamente cerradas por miedo a los ladrones, y las espesas tinieblas envolvían toda la estancia. Absolutamente seguro de que el anciano no podía ver nada, me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló sobre la perilla de la puerta, y el viejo se incorporó en su cama, preguntando:

—¿Quién anda ahí?

Permanecí completamente inmóvil, sin musitar una sola palabra, y durante una hora no moví un músculo. Tampoco él, en todo ese tiempo, volvió a acostarse. Continuaba sentado en la cama, alerto, haciendo lo mismo que yo había hecho en esas largas noches, oyendo deslizarse a las arañas en la pared.

De pronto oí un gemido profundo. Se trataba de un lamento de terror mortal, no de dolor o tristeza. ¡Oh, no! Era el rumor sordo y ahogado que escapa de lo más íntimo de un alma sobrecogida por el pavor. Yo conocía ese quejido. Muchas veces, precisamente en el filo de la medianoche, cuando todos dormían, lo sentía irrumpir en mi propio pecho, brotando de los terrores que me consumían.

Sabía lo que estaba experimentando el viejo, y no podía evitar una gran piedad por él, aunque también otros sentimientos colmaban mi corazón. Comprendía que su zozobra iba en aumento, y que procuraba persuadirse de que sus temores eran infundados. Posiblemente decía para sí: “No es nada… El viento en la chimenea… Un ratón que corrió por el entretecho… Algún insecto…”

Sí, debe haber intentado calmarse con estas hipótesis. Pero todo fue inútil. La muerte había pasado junto a él, y lo envolvía. Y era la influencia fúnebre de su sombra, invisible, la que lo hacía “sentir”, aunque no viera ni escuchara nada, la que le permitía notar mi presencia en su habitación.

Luego de haber esperado un largo rato, me aventuré a abrir apenas la linterna. La abrí furtivamente, hasta que al fin un rayo delgado, como el hilo de una telaraña, descendió sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, íntegramente abierto, y al verlo me llené de furia. Lo vi con claridad perfecta, entero de un azul mate, y cubierto por la horrorosa nube que me helaba hasta la médula de los huesos. No podía ver nada más; ni la cara ni el cuerpo del anciano. Sólo existía aquel ojo obsesionante.

¿No es acaso una hiperestesia de los sentidos aquello que consideran locura? Una vibración débil, continua, llegó a mis oídos, semejante al tic-tac de un reloj forrado en algodones. Inmediatamente reconocí ese apagado golpeteo. Era el corazón del viejo que latía, y este sonido excitó mi furia, igual que el redoblar de los tambores excita el valor de un soldado. Me controlé, sin embargo, y permanecí inmóvil. Respiraba apenas, y sostenía quieta, entre las manos, la linterna. Hacía un esfuerzo por mantener el rayo de luz fijo sobre el ojo. Entre tanto, el latido infernal del corazón del anciano era por segundos más fuerte, más rápido, y…, sobre todo, más sonoro.

El pánico de aquel hombre debía ser monstruoso, y retumbaba en ese latir que crecía y crecía.

He confesado que soy nervioso, y realmente lo soy. En consecuencia, en medio de la noche y del silencio de esa antigua casa, un ruido tan extraño hizo surgir en mi un terror incontrolable. Pese a ello, todavía logré mantenerme, y luché por conservar la tranquilidad, pero la pulsación se hacía más y más audible, más violenta, y una nueva angustia se apoderaba de mí. Ese ruido, y los que iban a producirse, podrían ser escuchados por un vecino. La hora del viejo había llegado.

Con un gran alarido, abrí inesperadamente la linterna, y me precipité en la alcoba. El viejo dejó escapar un grito, un solo grito. En menos de un segundo lo derribé, dejándolo de espaldas en el suelo, y tiré la cama sobre él, aplastándolo con su peso. Entonces sonreí, ufano, al ver tan adelantada mi obra. No obstante, el corazón aún latió, con un murmullo apagado.

Pese a ello, ya no me atormentaba. No, no podía oírse nada a través de las paredes. Finalmente, cesó todo: el viejo estaba muerto. Levanté la cama, y examiné el cuerpo. Sí, estaba muerto. ¡Muerto como una piedra! Afirmé mi mano en su corazón sin advertir ningún latido. ¡ En lo sucesivo su ojo de buitre no podría atormentarme!

A los que insistan en creerme loco, les advierto que su opinión se desvanecerá cuando les describa las inteligentes medidas que adopté para esconder el cadáver.

Avanzaba la noche, y yo trabajaba con prisa y en riguroso silencio. Hábilmente fui desmembrando el cuerpo. Primero corté la cabeza y después los brazos; luego, las piernas. En seguida separé unos trozos del entablado, y deposité los restos bajo el piso de madera. Terminado este trabajo, coloqué otra vez las tablas en su sitio, con tanta destreza que ningún ojo humano, ni siquiera el del viejo, podría descubrir allí algo inusual. Ni siquiera una mancha de sangre.

Cuando terminé estas operaciones eran las cuatro y estaba tan oscuro como si todavía fuese medianoche. En el momento en que el reloj señalaba la hora, llamaron a la puerta de calle. Bajé a abrir confiado, y di la bienvenida a los recién llegados. ¿Por qué no? ¿Acaso tenía algo que temer?

Los tres hombres se presentaron, gentilmente, como agentes de la policía. Un vecino había escuchado un grito en la noche, y esto lo hizo sospechar de que podía haberse cometido un homicidio, por lo cual estampó una denuncia en la Comisaría. Los agentes venían para practicar un reconocimiento.

Sonreí, ya que, repito: ¿acaso tenía algo que temer?

—El grito —les expliqué— lo lancé yo, soñando. El anciano se encuentra viajando por la comarca…

Conduje a los visitantes por toda la casa, y les sugerí que revisaran bien. Por fin, los guié hasta su cuarto. Allí les mostré sus tesoros; todo perfectamente resguardado y en orden. Entusiasmado con esa gran seguridad en mí mismo, llevé unas sillas a la habitación, y los invité a que se sentaran, mientras yo, con la desbordada audacia de mi triunfo, colocaba mi propia silla exactamente en el lugar bajo el que se ocultaba el cuerpo de la víctima.

Los agentes parecían satisfechos. Mi actitud les convencía, y hablaron de temas familiares, a los que respondí jovialmente. No obstante, pasado un rato, me di cuenta de que palidecía, y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y sentía que mis oídos zumbaban. Sin embargo, ellos continuaban sentados, y proseguían la charla. Entonces el zumbido se hizo más nítido y rítmico, volviéndose cada vez más perceptible. Comencé a hablar atropelladamente, para liberarme de esa angustiante sensación. Pero ésta persistió, reiterándose de un modo tal, que no tardé en descubrir que el ruido no nacía en mis oídos.

Sin duda palidecí más, y seguí hablando sin tino, alzando mi voz, tratando de apagar aquel sonido que aumentaba, “aquella vibración semejante al tic-tac de un reloj envuelto en algodones”Principié a respirar con dificultad, aunque los agentes aún no escuchaban nada, e hilvané frases apresuradas, con mayor vehemencia. El tic-tac se elevaba, acompasado. Me levanté y discutí tonterías, con tono estridente, haciendo grotescas gesticulaciones. ¡Todo era inútil! ¡El latido crecía, crecía más. ¿Por qué ellos no querían marcharse? Comencé a caminar de un lado a otro por la habitación, pesadamente, a grandes pasos. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer? Echaba espumarajos, desvariaba. Volvía a sentarme y movía la silla, haciéndola resonar sobre el suelo. Pero el latido lo dominaba todo, y se agigantaba indefinidamente.

Los hombres continuaban conversando, bromeando, riendo. ¿Sería posible que no oyeran? ¿Dios Todopoderoso, sería posible? ¡No, no! ¡Ellos oían… sospechaban! ¡Sabían! ¡Sí, sabían, y se estaban divirtiendo con mi terror! Así lo creí, y lo creo ahora. Y había algo peor que aquella agonía, algo más insoportable que esa burla. ¡Ya no podía tolerar por más tiempo sus hipócritas sonrisas, y me di cuenta de que era preciso gritar o morir, porque entonces…! ¡Préstenme atención, por favor!

—¡Miserables! —exclamé—. ¡No disimulen más! ¡Lo confieso todo! ¡Arranquen estas tablas! ¡Aquí, está aquí! ¡Es el latido de su implacable corazón!

Edgar Allan Poe