Archivo de la categoría: Lucas G.López Martín

Payaso


Tu vida.

Payaso.

Siempre te acordás cuando
tu mamá,
dulce hija de puta,
te decía que eras un payaso.

Un fracasado que sólo serviría
para esclavo en una cadena
internacional de cualquier cosa,
pero en el fondo.
Atrás, oculto, para que no te vieran.

Porque sos un payaso.

Un payaso patético,
triste, agobiante.

Así como el que hacía
Marcos Zuker.
¿Te acordás?
Patético.

Así te decía.

Vas a terminar tirado en una zanja.
Fraude.
Y se echaba la culpa.
Y eso te hacía peor.

Payaso.

Y, ¿sabés una cosa?…

Tenía razón.

Lucas López Martín

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Druga


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Ilustración María José Daffunchio

Parate derecha y sacate el gestito de soberbia de la cara; ahora girá de costado con suavidad de bailarina guerrilera o combativa. Callate mejor, y continuá la frase que te vamos a decir. A ver, cambiate los zapatos de puntera y calzate un poco de pasto de este no jardín sobre la planta de tus pies para que sientas lo frágil de la violencia.
¿Qué vamos a hacer con esta cabeza? Si sos una mal contestada, rabiosa de la sociedad ¿con qué fin, chiquilla? No te calmes, porque sos mejor con esa libertad que no se comprende en general. Ahora ayudanos a crearte descriptiva, no tuerzas la boca y tratá de no dormir de pie sin desmayarte. Enterate en el exilio del insomnio que las deudas de agravios hacia la imaginación simbólica de deseos golpeados por tus bastones aún siguen en vigencia, espiando días y oscuridades mal alumbradas. Ya sabemos que tus ojos se acostumbran a cualquier penumbra, pero hoy no es el caso, o al menos este momento no es el apropiado para que te aclimates a los caprichos de la lengua.
Sentate en el rincón mirando la pared y aspirá la humedad de tu elegancia, relajate y si podés, de a poquito, andá diciéndonos qué tenemos que hacer con los códigos de fetiches.
Hoy, aunque creas que es inverosímil, podés acuchillar y golpear a la ingenuidad que dio vida a esa inocencia que todos están esperando de tus brazos ¡cómo si fuera a convertirse en real!
Bueno, relajate, de verdad relajate y prestá atención a este alrededor mugriento. Y te lo decimos porque a pesar de tus ataques y de tu ira volátil y ponsoñoza, no queremos que te ensucies tu trajecito blanco.

¿Podemos ser tus drugos?

Nunca serán mis drugos. La mierda los alimenta, la mierda como yo. No tienen el espíritu para ser drugos. Pero yo no puedo vivir sin ustedes y ustedes sin mí. Somos el báculo y el anciano. Indivisibles. Porque somos unos hijos de mil putas tan hermosos que nos adoran. Ustedes, mierdas, besan nuestros scharros. ¡Schutos, schutos que creen que nos detendrán!
Tenemos nuestros drugos, nuestro velocet, un poco de clebo, un schlaga en nuestras rucas y estamos para imponer el nuevo orden mundial. Porque somos poderosos. Somos el rasdrás de los malchicos. Vamos a cracar sus sociedades inmundas. Pero…
No sé. No escucho el chumlar de mis drugos. Ya no los veo a mi lado. Ustedes, militsos sin chapa, ustedes, cerdos merscos. Algo tienen que ver. ¿Dónde están mis drugos?. ¿Qué hicieron con los sueños de unodos ultraviolento?. Velocet, lubilar, esa es la vida. Pero hace un tiempo que no los veo. Oh, drugos, oh, amigos. Compañeros. ¿Qué se habrán hecho?, ¿dónde andarán?.
¿Seguimos así?
¿Nos van a querer así?
¡Mis drugos!
¿Está bien el maquillaje?
Ah, pero sí… ahora que los veo mejor. ¡Mis queridos amigos!Eran ustedes escondidos tras los reflectores. Con esos guardapolvos nos los había reconocido. ¿Son ustedes, mis adorados? Son ustedes, plenios. Placar, pitear, es lo nuestro. Lo ultraviolento es lo que nos dejan hacer. Es lo que debemos hacer. Somos sus amigos, sus drugos. Porque ahora (siempre, quizás). Ahora nos quieren, así, salvajotes y bien peinados. Rompiendo las cosas marcadas con X para que tiemblen los inocentes y compren los idiotas. ¡Vamos, mis hermosos! ¡Vamos que este svuco es tan starrio como vuestras putas madres!.
Sí, claro que pueden. Siempre lo fueron.
Micaela Gatti Y Lucas G. López Martín

Pánico


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(“Y el hombre respondió: La mujer que me diste
por compañera me dio del árbol, y yo comí” Génesis 3:12)

Cuando despertó de aquel sueño agitado, no supo si fue un sueño.
Como aquello de la mariposa.
Estaba confundida. Se levantó y sacudió el polvo del que estamos hechos de su cuerpo de mujer. En el sueño ella moría. Así de simple. Y en la vigilia sentía que su cuerpo ya no funcionaba. Sí, caminaba, respiraba y palpitaba, pero no funcionaba. Las sensaciones del entresueño, de la duermevela, son las del recienvenido. Y así estaba ella.
Transpirada y taquicárdica. Asustada. Con irrefrenable lentitud, su corazón –vivo, claramente- comenzó a latir con furia. Horriblemente. Sintió, nuevamente, aquella vieja sensación. Pensó que había huido, que había escapado. Ya sabía cómo era, ya tenía en su memoria las sensaciones y los pensamientos. Pensó, pero pensar, no sirve. El olor de la muerte que se acerca niega el pensamiento. Agitación, sudor y fiebre. Fármacos. ¿Dónde están?, puta, dónde mierda los dejé. La opresión crece. El pecho estalla. El corazón ya vuela en su palpitar. Duele. Duele el plexo. Muere.
La muerte se divierte en este tiempo. Ella sufre y se retuerce. Llora agarrada a ese dolor que no quiere reconocer. Tiene miedo. Pero no siente miedo. Siente dolor. Dolor de morir. Dolor de saber que no morirá. Pero saber que muere.
Lentamente, el pecho vuelve a aquietarse. Se relajan las pulsaciones y la solvencia retorna. Prende un cigarrillo, se tensa igualmente. Qué imbécil, por favor. No te puedo creer otra vez… mierda.
La culpa se derrama sobre ella. El miedo la agobia. Y llora, como cuando era chica y se gestó, sin saberlo, este miedo que los años guardaron en una cajita y que regresa para atormentarla, para adolescerla siempre, como Sísifo, como Tántalo.
Y ahora, el vacío. La calle lejana, allá abajo, con su mar de gente, con sus vidas felices –para ellas siempre la vida de los demás es feliz-, la llamaba. Su pie subió la baranda. Y tembló. Y, acurrucada, como en tiempos inmemoriales, cuando nada existía más que el agua y el calor, se tiró a llorar, desconsoladamente y sola.

Lucas G. López

Enfermera


Verdes ojos,
dulces símbolos de esperanza.
(Sueños inútiles
del que sufre, del que entabla
la desigual batalla ante la muerte)
Verdes ojos que guardan
esa -énfasis, “esa”- mirada.

Como si fueras una novia
solícita, deliciosa,
amada y amante,
espera tus pasos,
anhelante, el paciente;
pasos que anuncien
milagros de sanidad.

Como una madre,
silente y calma,
que acomoda los enseres
del cuidado,
la preservación del dolor.

Como un padre,
severo autoridad,
pone límite al apasionado
sufrir, al dolor sensitivo,
con recias y fortalecedoras
palabras que dan seguridad.

Pero no es una novia,
ni un padre, ni una madre.
El sadismo y la crueldad,
ahuecan tu pecho,
oh, psicópata.

El sufrimiento ajeno
es tu alimento,
tu salud,
tu gracia,
tu bendición.

No dudas de tu porción
de paraíso por tu oficio,
pero, en el fondo de tu alma
(llamémosla así, poetas),
en la cenagosa oscuridad
de tu mente,
el goce por no
sufrir el dolor ajeno
te hace, simplemente,
siniestramente,
oscuramente,
feliz.Lucas G. López Martín
enfermera 001

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Balbuceando unos versos en francés, el viejo oficial de depósito, soñaba un sueño inconcluso.
¿Dónde quedaron los retazos de albores matinales, vitales? ¿Dónde quedó la sonrisa del sexo sudoroso y la muerte vengada?
“Ainsi ton ame qu’incendie l’éclair brulant des voluptés S’élance, rapide et hardie, vers les vastes cieux enchantés.”
Encerrado en sus cielos abrumados, ella volvía dudosamente real a surtirle un chorro de amor.
Y él,tan claro, tan deseoso del bien, babeaba esos versos repetidos de memoria.
Siempre fue una vida de subir escaleras sin mirar, sin saber adónde, una vida escalerada. Sin tropiezos.
Una vida porcelanada, sobre muecas de gente bien y números de marfil. Todo recubierto de goma espuma para no lastimarse.
Salvo, claro, “Ainsi ton ame qu’incendie l’éclair brulant des voluptés S’élance, rapide et hardie, vers les vastes cieux enchantés.”
Un ritmo vacilante de cumbia se acalla en los destellos de la noche. Él no escucha nada. Sólo repite en mal francés sus versos sin sentido.
Ella, gimnasta olvidadiza pero inolvidable, revoloteaba jovial y antigua en su memoria. “Te soñé durmiendo un viscoso sueño”, dijo una vez al oído anguloso de él.
Y no entendió.
Y fue, quizás, el único peldaño que no supo escalar. gris, turbio, bailarín, soñador, confuso, pelotudo. Sólo le queda un salto, el salto que sube la gran escalera donde descansa la Vieja Descarnada.
“¿Querés saber qué es la Locura?”, balbuceó extasiada, lamiendo su oreja, “Es la raíz cuadrada de tu infinita mediocridad, encerrada en la secuencia horrible de tu cotidianeidad. A eso, restale la realidad lógica”.
Se supo imbécil, un sueño incomprendido, pero tenía esa sensación, esa efímera sensación, inasible, fugaz, finita, comprendida.
Ese truco de engañadora, de maga que su ilusionista púgil compañera, dama dragón veneno, un cuerpo todo humo de cigarro, ella, jugaba ese truco houdinesco constante.
Y, así, lo único tangible, real, concreto, se difumó un día. O una tarde. O un mes. O una noche. Y él no lo supo. No lo notó.
Y, así, en el eterno Azul, se va perdiendo, yéndose, lento, sin dar cuenta de lo que no hizo, de lo que no siente, de lo que no tiene, de lo que no se atreve, así, vivo, se va. Silente, tonto, vivo, se va.
Lucas G. López Martín
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Reiki


Ilustración María José Daffunchio
 

Reiki “Secretos de la felicidad.Medicina espiritual para todas las enfermedades.Sólo por hoy (Kyo Dakewa)… No te preocupes (Ikaruna). No te irrites (Shinpai shuna). Agradece (Kansha Shite). Trabaja duro (Kyo wo hageme). Sé amable con los demás (Ito ni shinsetsu-ni). Recítalo mentalmente o en voz alta con las manos en Gassho. Por la mañana y por la noche. Mejora de cuerpo y mente Usui Reiki Ryoho. (Fundador, Mikao Usui.)”

……………………………………………….

No te preocupes (Ikaruna).

Hago Reiki desde hace muchos años. Porque no creo que ninguna pastillita me pueda curar. Sólo lo que hacen las drogas es meterte en un mundo oscuro, oscuro. No. El Reiki me hace bien. Me calma. Me relaja. Me quita un poco de todo este mundo de mierda lleno de gente pelotuda que sólo quiere dañarte. Desde que me separé, hace seis años, cuando mi ex (el muy hijo de puta) me corneó con la esposa de su medio hermano, hago Reiki. Me relaja. Cuando me separé del hijo de puta de mi ex, hice terapia. Pero la conchuda de la psicoanalista pretendía que yo me hiciera daño. Iba para el lado de mis viejos, de mi vieja, especialmente. Y de ésa no pienso ni hablar. Me la saqué de encima cuando se murió. Y que con mi papá ni se meta. Éso le dije. Que con mi papá ni se meta. Si no fuera por él odiaría a todos los seres con pitulín. Bueno, salvo a mi vida, la luz de mis ojos, el sol de mi vida, el único hombre que me acompaña, Benancio, mi hijito hermoso. Ahora hago Reiki. Me relaja. No me preocupo y vivo al día. No, no me preocupo. Si no fuera por mi papá y por Beni, no sé qué haría. Mataría a alguien, supongo.
No te irrites (Shinpai shuna).

No, no, no. En realidad, no. No sé porqué dije eso. No mataría a nadie, claro. Mi alma está alineada con las fuerzas cósmicas universales en la energía sanadora. No. No mataría a nadie. Ya morirán solitos. Los dos. Para algunos el Reiki es sencillo porque llevan vidas sencillas. Adela, por ejemplo, mi compañera de caminatas, ella hace Reiki occidental y le es fácil, claro. Tiene un nuevo marido que es un bombón, más joven y bien puesto que Esteban, el anterior. Muy viejo pero con mucha guita. ¡Y enviudó!. O sea, perfecto. La muy conchuda tiene una vida perfecta. Se quedó con todo lo del viejo -aunque se lo tuvo que coger diez años, pero bueno, hay que pagar la suerte-, y ahora está con este tipo que es un bombón. En cambio yo, acá, con Beni y el hijo de puta del padre y la perra de la novia. Pero, no, no me irrito. Porque sólo me quita del eje de ensartamiento de las fuerzas celestiales del karma cósmico y la concha de la lora…

Agradece (Kansha Shite).

A Dios. A mi padre. Y a Beni. Las razones por las que vivo. Porque dios lo mueve todo, dios es, dios es, dios es dios. Y a mi padre porque es el que me sostiene. Y a Benancio porque me ilumina y le da razón de ser a mi vida. Sin él, no sé, me mato. ¿Para qué vivir esta vida miserable, atada a la dependencia de mi hijo de puta ex y de mi papá, a la responsabilidad de ser madre sola, para qué vivir estas soledad y angustia de mierda?. Pero sí, agradezco. Agradezco cada mañana tener un motivo para levantarme y no quedarme tirada en la cama torturándome con el destino inmundo que me tocó vivir. Agradecer que tengo el Reiki, que si no…

Trabaja duro (Kyo wo hageme).

Por supuesto, que tengo el Reiki pero no es sólo tener el Reiki. Poder establecerse como receptora equilibrada de las fuerzas del cosmos y el espíritu sano y predispuesto para la sanación exige una fuerza vital y un esfuerzo que supera cualquier trabajo físico. Yo, a veces veo a los trabajadores de la construcción y eso y pienso que ellos no tienen la fuerza espiritual necesaria, seguramente, que se necesita para mantenerse alineada con la energía astral. Por eso, sonríen y dicen barbaridades. Bah, supongo que por eso. La cosa es que estoy segura que es muchísimo, infinitamente más duro mantenerse alineada con con los chakras alineados apuntando al satori que levantar bolsas de cemento durante doce horas todos los días.

Sé amable con los demás (Ito ni shinsetsu-ni).

Pero la gente es así. Cree que lo material es lo único importante. Nunca les va a quedar claro que lo material no es importante. Que lo importante es el amor. El amor al prójimo, el amor por sobre todas las cosas. Que si sos bueno, sos amable, es decir, te aman. Amar a los demás. Aun en la soledad y en la desgracia como yo. Amar. Si tenés la suerte de Adela, bueno, ahí se nota que sos amable. No sé, a veces, me parece que es lo más difícil. Yo por eso no salgo mucho. Porque tengo miedo de que no me equilibre el reiki cuando debo ser amable. Me cuesta esa parte. Aunque quiero ser buena, es difícil ser amable con gente que te traiciona, te insulta, te maltrata. Es difícil. Muy difícil. Por eso, a veces, tomo alguna pastilla para relajarme, porque no se puede vivir del reiki nomás, ¿viste?. El mundo es muy zarpado y yo pienso todo el tiempo en que no es posible alinearse con el cosmos cuando la hija de puta de acá al lado coje todas noches como una perra y grita como si le estuvieran haciendo una enema con ácido y el pendejo pelotudo de arriba pone la música de mierda esa a todo lo que da y la conchuda malcojida de la maestra de Beni pretende que el nene sea un experto en literatura. O sea, es muy difícil ser amable con el mundo cuando el mundo está lleno de forros egoístas que sólo logran desalinearla a una. Por eso, cada tanto, una pastillita ayuda a que el cosmos se ponga de tu lado, porque la mayor parte del tiempo parece que está en cualquiera y no me da ni cinco de bola el muy pelotudo. Hoy, como siempre, como ayer, como mañana. Mi vida es una mierda. Quizás… sólo por hoy…

 

Violeta


“Usted no conoce el infierno si no caminó por una callecita de Liniers una tarde de febrero”. Algoasí dice un cuento de Cortázar. Liniers es un infierno. Un pintoresco infierno lleno de inmigrantes bolivianos, trabajadores del oeste del gran Buenos Aires que van (o vienen), de señoras que compran cosas baratas, de viejos que van abandonando sus huesos en un pasado que creen mejor, de pibes que venden telas o juguetes chinos o juguitos en caja. Un pequeño infierno de olor a fruta podrida y San Cayetano. La humedad gobierna y el calor agobia, cruzar la General Paz no te salva. Por ahí, correr para Villa Luro, pero no creas que mucho.
En ese infierno, Violeta pulula cual Lady Godiva. Vestida, claro. Su coraje es minúsculo, en realidad. Violeta no se llama Violeta. Pero le gusta que crean que sí. Su apodo es porque cree que el violeta es un color siniestro. Es el color de las berenjenas (que odia porque su mamá naturista le hacía comer milanesas de dicha hortaliza, horribles), de la noche (mentira que es negra, es violeta, mirala bien) y de los muertos. Y a Violeta le gustan los muertos. Y la ropa de cuero (que usa en este verano infernal y que le queda tan endiabladamente bien). Y los sueños de nena bien.
A Violeta le gustan las cosas oscuras pero su mente es blanca, de un blanco vacío, como un hospital. Ascéptica y pura, en realidad. Algo tonta, si escuchás sus profundos secretos. Pero no los sabrás, porque nuestra chica es una perra que esconde perfectamente sus huesitos malolientes.
Y Liniers la cobija. La guarda como quien esconde a un amante que ama más que a su pareja y que necesita que esté oculta para no perder ese amor puro. Así, la ciudad la abriga entre sus piernas y la besa. 
A la vuelta de San Cayetano, en un convento rante, está ella, con sus piernas abiertas dándose el gusto de un hombre. Uno de sus amores, de sus necesidades. Lo odia. Como odia a todos sus amantes. El amor es la peor necesidad, le dice. Y el pibe se limpia y prende un porro. No le importa. Le sobran necesidades de verdad y para él el amor es un par de patas abiertas y su mujer en la casa.
-Callate- le dice mientras sale del baño- Decime, ¿por qué estás acá siempre, si tenés una casa a todo culo por acá?.
Violeta no responde. Le estira la mano pidiendo una pitada.
-Estoy acá porque no podría estar allá. Acá puedo estar con vos o con cualquiera. Éste es mi lugar. Mi casa es la casa de la que soy yo en otra vida. Y, mejor, callate vos, pelotudo.
Y lo mira. Lo mira con esos ojos de perra ansiosa que bien sabe mentir. Porque mirar a Violeta es mirar sus ojos, cautivadores y enojados. Engañadores y sensuales. Puede estar en bolas o vestida con burka. No importa.
Aspira profundo y no suelta el humo, cierra los ojos y siente que la cabeza de su chico está apretándole los muslos (o viceversa, pero ella siente que él la aprieta; necesita que la aprieten). Es una chica fácil, en definitiva.
-Estos negros de mierda- piensa- sí que saben chuparla.
Y nada más. Su frustración de clase no le permite ir mucho más allá. Es una boluda. Una boluda que sueña no necesitar nada. Por eso se hunde en conventillos y casas tomadas, en hoteluchos y bares de la estación.
La cumbia y el folclore boliviano le perfora las orejas y putea. Putea a los negros que puteaba su abuela cuando empezó a ver que su barrio se llenaba de gente que ella odiaba. Ella parece dura, pero su abuela era despótica y aterrorizante. De familia hacendada había perdido hasta el apellido y se casó con un tano zapatero de Lomas del Mirador que tenía guita. Así pudo mantener su castillo solitario en donde crió a sus hijos. La mayor desgracia es que le salieron zapateros. Los odiaba. La abuela odiaba a sus hijos zapateros. Pero no a Violeta. Violeta tenía en sus ojos la chispa de la abuela, la chispa de la argentinidad pura que ella tanto valoraba. Así aprendió a putear a los negros. Y, como su abuela (y su madre y, quizás, sus tías), tenía algunos amantes negros. 
Por eso Violeta ama lo negro, lo oscuro. Porque es vida, sin darse cuenta. Y putea a la cumbia que viene de la habitación de enfrente. Y de la de arriba. Y de la de allá y la de acá. Sale. No aguanta más. Paga la habitación y sale. Violeta está saliendo siempre, pero no se anima a irse. Porque sabe, en el fondo que su negra vida está entre los húmedos y olorientos adoquines de Liniers.
Escondida entre los despojos de la historia que la atormenta sin saberlo, se cubre la piel con otra piel oscura para disimular. Y para ser vista. Pero a nadie le importa. Como una mosca va entre los sueños y los esfuerzos de los demás, con su superioridad leve, cree ir pisando almas. Pero nadie la ve. Aunque grite silenciosamente para que alguien la vea. Es triste, boluda y patética, pobrecita. Pobrecita Violeta. Tan grandiosa, hundida en su soledad de abuela muerta. Viviendo de la gente que odia, por la gente que odia. 
Es un engaño, una pieza rota, inútil, de esta maquinaria y, sin embargo, fundamental. Como vos o yo, que no estamos viajando para trabajar, ni estamos acomodando cajones de verduras, ni caminamos vestidos de cuero, hacia una pieza mugrienta de pensión, por el infierno es Liniers una tardecita de febrero.
Lucas G. López Martín
Ilustración María José Daffunchio

Ilustración María José Daffunchio