Eléctrica


Ilustración María José Daffunchio

Ilustración María José Daffunchio

Vos sos tan efímera y yo tan volátil, pero somos la misma cosa, la misma Luna, el mismo llanto, la misma sensación de estar en la posición correcta para nunca jamás atacar el dolor que nos provocamos. Sin dudas son las sonoridades de las nubes que pasean con el Sol las que hacen que pensemos en qué y con qué calmar la ansiedad de nadar en sutiles acciones tan equivocadas pero tan conscientes que la palabra “Perdón, Perdoname, Se que no tengo que hacer esto” son tan fluibles mientras el miedo y el terror de las pérdidas presentes nos retrataen a infancias muertas, juguetes indeseables y espejismos rotos desde donde la cabeza se fue moldeando de festejo en festejo, siempre fingidos.

Somos una con probabilidades de divisiones varias, unidas por una flecha a destiempo, sin límites o bordes que nos contengan en un espacio determinado; creemos que la situación se maneja y que todo lo que existe a nuestro alrededor nos desarma a propósito.
Basta!: de pensar, de soñar, de alimentar ensoñaciones lejanas, de necesitar almas sin peso, de creer que se nos nota los disparates, de jugar a la ronda con los divagues…Basta de ser lo que nadie quiere, pero ¿quién? ¿cuál parte de ella o de mi habla? ¿qué cosa está de más en este mundo? ¿de qué estaba hablando? ¿qué quería decir?
La misma estructura nos bambolea de risa a más risa y de llanto a depresiones reprimidas, para tratar de no molestar, de no ser una carga ¿cuál de las dos está en lo cierto y cuál errada?
¿Quién y quiénes y qué cosas objetos son los que nos observan?Porque cuando las manos sudan sin pedirlo, porque cuando la presión parece que nos desmaya, porque cuando pensamos nos damos cuenta que no había que hacerlo, porque cuando queremos nos hacemos odiar, porque por cuidar ahogamos al amor…por todo eso la cama es nuestra aliada y no siempre nos cobija como debería hacerlo; nos da dolor de cuerpo, de cabeza, sed, hambre, pocas ganas de salir, pocas ganas de todo menos de seguir hilando frases que están en recuerdo y memoria siemrpe ahí, dándonos la mano.
Vos son tan eso y yo tan lo otro, pero no tan diferente ¿dónde estamos separadas?
.una en dos.
.juegos de infancia.
.neurosis mal curada (dicen).
.tempestad de palabras y huracanes de colores.
.y así se hace eléctrica (escuché).
                                                                              Micaela Gatti

Reiki


Ilustración María José Daffunchio
 

Reiki “Secretos de la felicidad.Medicina espiritual para todas las enfermedades.Sólo por hoy (Kyo Dakewa)… No te preocupes (Ikaruna). No te irrites (Shinpai shuna). Agradece (Kansha Shite). Trabaja duro (Kyo wo hageme). Sé amable con los demás (Ito ni shinsetsu-ni). Recítalo mentalmente o en voz alta con las manos en Gassho. Por la mañana y por la noche. Mejora de cuerpo y mente Usui Reiki Ryoho. (Fundador, Mikao Usui.)”

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No te preocupes (Ikaruna).

Hago Reiki desde hace muchos años. Porque no creo que ninguna pastillita me pueda curar. Sólo lo que hacen las drogas es meterte en un mundo oscuro, oscuro. No. El Reiki me hace bien. Me calma. Me relaja. Me quita un poco de todo este mundo de mierda lleno de gente pelotuda que sólo quiere dañarte. Desde que me separé, hace seis años, cuando mi ex (el muy hijo de puta) me corneó con la esposa de su medio hermano, hago Reiki. Me relaja. Cuando me separé del hijo de puta de mi ex, hice terapia. Pero la conchuda de la psicoanalista pretendía que yo me hiciera daño. Iba para el lado de mis viejos, de mi vieja, especialmente. Y de ésa no pienso ni hablar. Me la saqué de encima cuando se murió. Y que con mi papá ni se meta. Éso le dije. Que con mi papá ni se meta. Si no fuera por él odiaría a todos los seres con pitulín. Bueno, salvo a mi vida, la luz de mis ojos, el sol de mi vida, el único hombre que me acompaña, Benancio, mi hijito hermoso. Ahora hago Reiki. Me relaja. No me preocupo y vivo al día. No, no me preocupo. Si no fuera por mi papá y por Beni, no sé qué haría. Mataría a alguien, supongo.
No te irrites (Shinpai shuna).

No, no, no. En realidad, no. No sé porqué dije eso. No mataría a nadie, claro. Mi alma está alineada con las fuerzas cósmicas universales en la energía sanadora. No. No mataría a nadie. Ya morirán solitos. Los dos. Para algunos el Reiki es sencillo porque llevan vidas sencillas. Adela, por ejemplo, mi compañera de caminatas, ella hace Reiki occidental y le es fácil, claro. Tiene un nuevo marido que es un bombón, más joven y bien puesto que Esteban, el anterior. Muy viejo pero con mucha guita. ¡Y enviudó!. O sea, perfecto. La muy conchuda tiene una vida perfecta. Se quedó con todo lo del viejo -aunque se lo tuvo que coger diez años, pero bueno, hay que pagar la suerte-, y ahora está con este tipo que es un bombón. En cambio yo, acá, con Beni y el hijo de puta del padre y la perra de la novia. Pero, no, no me irrito. Porque sólo me quita del eje de ensartamiento de las fuerzas celestiales del karma cósmico y la concha de la lora…

Agradece (Kansha Shite).

A Dios. A mi padre. Y a Beni. Las razones por las que vivo. Porque dios lo mueve todo, dios es, dios es, dios es dios. Y a mi padre porque es el que me sostiene. Y a Benancio porque me ilumina y le da razón de ser a mi vida. Sin él, no sé, me mato. ¿Para qué vivir esta vida miserable, atada a la dependencia de mi hijo de puta ex y de mi papá, a la responsabilidad de ser madre sola, para qué vivir estas soledad y angustia de mierda?. Pero sí, agradezco. Agradezco cada mañana tener un motivo para levantarme y no quedarme tirada en la cama torturándome con el destino inmundo que me tocó vivir. Agradecer que tengo el Reiki, que si no…

Trabaja duro (Kyo wo hageme).

Por supuesto, que tengo el Reiki pero no es sólo tener el Reiki. Poder establecerse como receptora equilibrada de las fuerzas del cosmos y el espíritu sano y predispuesto para la sanación exige una fuerza vital y un esfuerzo que supera cualquier trabajo físico. Yo, a veces veo a los trabajadores de la construcción y eso y pienso que ellos no tienen la fuerza espiritual necesaria, seguramente, que se necesita para mantenerse alineada con la energía astral. Por eso, sonríen y dicen barbaridades. Bah, supongo que por eso. La cosa es que estoy segura que es muchísimo, infinitamente más duro mantenerse alineada con con los chakras alineados apuntando al satori que levantar bolsas de cemento durante doce horas todos los días.

Sé amable con los demás (Ito ni shinsetsu-ni).

Pero la gente es así. Cree que lo material es lo único importante. Nunca les va a quedar claro que lo material no es importante. Que lo importante es el amor. El amor al prójimo, el amor por sobre todas las cosas. Que si sos bueno, sos amable, es decir, te aman. Amar a los demás. Aun en la soledad y en la desgracia como yo. Amar. Si tenés la suerte de Adela, bueno, ahí se nota que sos amable. No sé, a veces, me parece que es lo más difícil. Yo por eso no salgo mucho. Porque tengo miedo de que no me equilibre el reiki cuando debo ser amable. Me cuesta esa parte. Aunque quiero ser buena, es difícil ser amable con gente que te traiciona, te insulta, te maltrata. Es difícil. Muy difícil. Por eso, a veces, tomo alguna pastilla para relajarme, porque no se puede vivir del reiki nomás, ¿viste?. El mundo es muy zarpado y yo pienso todo el tiempo en que no es posible alinearse con el cosmos cuando la hija de puta de acá al lado coje todas noches como una perra y grita como si le estuvieran haciendo una enema con ácido y el pendejo pelotudo de arriba pone la música de mierda esa a todo lo que da y la conchuda malcojida de la maestra de Beni pretende que el nene sea un experto en literatura. O sea, es muy difícil ser amable con el mundo cuando el mundo está lleno de forros egoístas que sólo logran desalinearla a una. Por eso, cada tanto, una pastillita ayuda a que el cosmos se ponga de tu lado, porque la mayor parte del tiempo parece que está en cualquiera y no me da ni cinco de bola el muy pelotudo. Hoy, como siempre, como ayer, como mañana. Mi vida es una mierda. Quizás… sólo por hoy…

 

Violeta


“Usted no conoce el infierno si no caminó por una callecita de Liniers una tarde de febrero”. Algoasí dice un cuento de Cortázar. Liniers es un infierno. Un pintoresco infierno lleno de inmigrantes bolivianos, trabajadores del oeste del gran Buenos Aires que van (o vienen), de señoras que compran cosas baratas, de viejos que van abandonando sus huesos en un pasado que creen mejor, de pibes que venden telas o juguetes chinos o juguitos en caja. Un pequeño infierno de olor a fruta podrida y San Cayetano. La humedad gobierna y el calor agobia, cruzar la General Paz no te salva. Por ahí, correr para Villa Luro, pero no creas que mucho.
En ese infierno, Violeta pulula cual Lady Godiva. Vestida, claro. Su coraje es minúsculo, en realidad. Violeta no se llama Violeta. Pero le gusta que crean que sí. Su apodo es porque cree que el violeta es un color siniestro. Es el color de las berenjenas (que odia porque su mamá naturista le hacía comer milanesas de dicha hortaliza, horribles), de la noche (mentira que es negra, es violeta, mirala bien) y de los muertos. Y a Violeta le gustan los muertos. Y la ropa de cuero (que usa en este verano infernal y que le queda tan endiabladamente bien). Y los sueños de nena bien.
A Violeta le gustan las cosas oscuras pero su mente es blanca, de un blanco vacío, como un hospital. Ascéptica y pura, en realidad. Algo tonta, si escuchás sus profundos secretos. Pero no los sabrás, porque nuestra chica es una perra que esconde perfectamente sus huesitos malolientes.
Y Liniers la cobija. La guarda como quien esconde a un amante que ama más que a su pareja y que necesita que esté oculta para no perder ese amor puro. Así, la ciudad la abriga entre sus piernas y la besa. 
A la vuelta de San Cayetano, en un convento rante, está ella, con sus piernas abiertas dándose el gusto de un hombre. Uno de sus amores, de sus necesidades. Lo odia. Como odia a todos sus amantes. El amor es la peor necesidad, le dice. Y el pibe se limpia y prende un porro. No le importa. Le sobran necesidades de verdad y para él el amor es un par de patas abiertas y su mujer en la casa.
-Callate- le dice mientras sale del baño- Decime, ¿por qué estás acá siempre, si tenés una casa a todo culo por acá?.
Violeta no responde. Le estira la mano pidiendo una pitada.
-Estoy acá porque no podría estar allá. Acá puedo estar con vos o con cualquiera. Éste es mi lugar. Mi casa es la casa de la que soy yo en otra vida. Y, mejor, callate vos, pelotudo.
Y lo mira. Lo mira con esos ojos de perra ansiosa que bien sabe mentir. Porque mirar a Violeta es mirar sus ojos, cautivadores y enojados. Engañadores y sensuales. Puede estar en bolas o vestida con burka. No importa.
Aspira profundo y no suelta el humo, cierra los ojos y siente que la cabeza de su chico está apretándole los muslos (o viceversa, pero ella siente que él la aprieta; necesita que la aprieten). Es una chica fácil, en definitiva.
-Estos negros de mierda- piensa- sí que saben chuparla.
Y nada más. Su frustración de clase no le permite ir mucho más allá. Es una boluda. Una boluda que sueña no necesitar nada. Por eso se hunde en conventillos y casas tomadas, en hoteluchos y bares de la estación.
La cumbia y el folclore boliviano le perfora las orejas y putea. Putea a los negros que puteaba su abuela cuando empezó a ver que su barrio se llenaba de gente que ella odiaba. Ella parece dura, pero su abuela era despótica y aterrorizante. De familia hacendada había perdido hasta el apellido y se casó con un tano zapatero de Lomas del Mirador que tenía guita. Así pudo mantener su castillo solitario en donde crió a sus hijos. La mayor desgracia es que le salieron zapateros. Los odiaba. La abuela odiaba a sus hijos zapateros. Pero no a Violeta. Violeta tenía en sus ojos la chispa de la abuela, la chispa de la argentinidad pura que ella tanto valoraba. Así aprendió a putear a los negros. Y, como su abuela (y su madre y, quizás, sus tías), tenía algunos amantes negros. 
Por eso Violeta ama lo negro, lo oscuro. Porque es vida, sin darse cuenta. Y putea a la cumbia que viene de la habitación de enfrente. Y de la de arriba. Y de la de allá y la de acá. Sale. No aguanta más. Paga la habitación y sale. Violeta está saliendo siempre, pero no se anima a irse. Porque sabe, en el fondo que su negra vida está entre los húmedos y olorientos adoquines de Liniers.
Escondida entre los despojos de la historia que la atormenta sin saberlo, se cubre la piel con otra piel oscura para disimular. Y para ser vista. Pero a nadie le importa. Como una mosca va entre los sueños y los esfuerzos de los demás, con su superioridad leve, cree ir pisando almas. Pero nadie la ve. Aunque grite silenciosamente para que alguien la vea. Es triste, boluda y patética, pobrecita. Pobrecita Violeta. Tan grandiosa, hundida en su soledad de abuela muerta. Viviendo de la gente que odia, por la gente que odia. 
Es un engaño, una pieza rota, inútil, de esta maquinaria y, sin embargo, fundamental. Como vos o yo, que no estamos viajando para trabajar, ni estamos acomodando cajones de verduras, ni caminamos vestidos de cuero, hacia una pieza mugrienta de pensión, por el infierno es Liniers una tardecita de febrero.
Lucas G. López Martín
Ilustración María José Daffunchio

Ilustración María José Daffunchio

Imagen

Armonía


Armonía

Uno


Ilustración María José Daffunchio

Ilustración María José Daffunchio                                                                      

“Uno” Enrique Santos Discépolo .
De acuerdo a las biografías de mi amado Discepolín, esta letra fue escrita el día que se enteró que no era hijo de Discépolo padre, sino de un músico uruguayo…Flor de letra “mamá”!

 

Milonguita borracha de madrugadas


Ilustración María José Daffunchio

Milonga de la mandanga,
le canta despacio y bonito
a los que ni siquiera esperan
el tibio y dulce tiro de gracia.

Milonga de los sin nombre,
milonguita que está al pedo
y en sus noches sueña el descanso
de tanto y tanto chumbazo.

La realidad, como la lluvia,
cae con ganas en la zabeca
de santos y pecadores;
porque todos, iguales,
morimos en bolas y a las puteadas.

Cuando sus ojos se van
todo es una pesadilla,
porque no queda reflejo,
ni luz, ni sueños, ni astillas.

Putas que muestran las tetas,
borrachos que fajan a minas,
minitas que sudan las medias,
y todos bailamos la danza tamboril
entre los fuegos candentes
del tic-tac paranoico de un reloj
siniestro y perverso, eterno.

Pero todos sabemos,
gracias a Alberto,
que el tiempo no existe
que el tiempo sos vos
que ni siquiera sos vos
que vos y yo, no somos.

Entonces, todo, pero todo,
da miedo y el corazón,
musculito inanimado,
sigue golpeando.

Y a la mañana siguiente,
como todas las mañanas,
ya no pensás en nada,
mate, café, cepillo de dientes,
risas y llantos, amores y embrollos,
tristezas, almuerzos, enojos,
y la gran bola que pisamos,
gira alegremente,
mientras esta milonga
triste y sencilla, termina.

Lucas López Martín

Malena


Ilustración María José Daffunchio